No tengo ningún problema con mi cuerpo

estereotipos machistas trastornos alimentarios anorexia bulimia
Ilustración: Paula Bonet

 

La pequeña Pipi era un palillín. Nació con dos semanas de antelación, con cabeza de huevo y la misma cara de mala leche de su padre. No es que fueran iguales, es que la madre se preguntó cómo era posible haber parido al hijo de otra, porque ese bicho berreante, feo, ahuevado y arrugado no tenía nada suyo (salvo, como supo después, sus orejas, su dentadura y rasgos aquí y allá).

La pequeña Pipi era un palillín, un bichejo que antes de cumplir el año descubrió que tenía piernas y servían para correr, pero peor aún fue cuando descubrió que tenía lengua y podía usarse para hablar… ¡Cómo rajaba, la colega! ¡Y ni os cuento cuando aprendió a silbar!

La pequeña Pipi notó algo raro al cumplir los diez años… tenía una panza enorme, pero piernas y brazos como alambres, pero ella solo veía una panza gigantesca. Su madre la consoló diciéndole que no se preocupase, que todo eso iría a las tetas, que era normal cuando se entra en la pubertad, “tú relájate y no pienses en dietas”, le dijo, “que aún eres muy pequeña para pensar en eso y la anorexia es cosa seria”, le dijo.

Su madre tenía razón, aquella panza se convirtió en uno de los peores martirios físicos que Pipi conocería: tetas. Un día de verano, en mitad de las vacaciones, sus pezones triplicaron su tamaño y le salieron unos bultos. Y comenzó a usar sujetador, algo que detestaba porque “¡si aún no tengo para rellenar, no quiero usarlo, es incómodo!” mientras los demás la increpaban diciendo: “¡Si no te lo pones ahora cuando seas mayor tendrás las tetas caídas!”. Si la pequeña Pipi hubiese sabido que iba a dar igual el uso del sujetador y que la genética es la genética, quizá habría conseguido salirse con la suya; total, el resultado iba a ser el mismo.

La pequeña Pipi empezó así a tener su primer complejo: sus tetas. Demasiado caídas para su edad, pezones demasiado grandes. Aún pequeñas, pero esmirriadas y con un pezón que daría para alimentar a tres bebés al mismo tiempo. Cuando la ya no tan pequeña Pipi tuvo su primera relación sexual, su novio de aquel entonces fue a dar la luz mientras estaban a punto de hacerlo, y su primer instinto fue contraerse, agarrarse las piernas fuertemente ocultando aquellos pezones del tamaño de Siberia. Fue una sorpresa bestial descubrir que a él no le desagradaban… ¡Hasta le gustaban! Pero a pesar de que en los años y novios posteriores jamás tuvo problemas, ni quejas, ni burlas sobre sus pezones, ella seguía viendo sus tetas como algo asqueroso. ¡Ay, criatura, cuando le crecieron dos tallas más!

La jovencita Pipi tragaba como si fuese la última vez que fuera a comer. Comía, y comía, y se inflaba, y se empachaba, y comía y comía… Y no engordaba apenas, y cuando lo hacía, se ponía a “dieta”, una “dieta” que consistía en sustituir los bollos y el chocolate por fruta, volvía a su peso y vuelta a la rueda. ¡Qué tiempos aquellos para la joven Pipi! ¡Oh, su bendito metabolismo! Pero siempre había algo que la mosqueaba, pues tenía siempre algo de “tripilla”. Estaba muy delgada, pero siempre estaba ahí ese pequeño bultito que pocas veces bajaba y que le impedía ponerse ropa ajustada. Procuraba restarle importancia, “tengo cosas más importantes en las que pensar”, se decía.

Pasaron los años y una serie de acontecimientos hicieron que la Pipi adulta engordase diez kilos. Reventó pantalón tras pantalón, los vestidos no le cabían, sus brazos eran enormes y… horror… ¡Le salió papada! ¡Cómo podía ser, ella nunca había tenido papada! Y su madre comenzó a increparla cuando la veía: “¡Estás demasiado gorda, eso no puede ser! ¡Por Dios, estás casi obesa! ¡Es que no ves que eso es malísimo para tu salud!. Su abuela le dijo: “¡Ay, no, como tu tía, que se ha dejado caer totalmente, cuando ella fue modelo y todo! ¡Pues las gordas no gustan a los hombres, debes saberlo!” y, mientras, la pequeña Pipi acordándose de su novio, mezclando la comida con ganchitos y la barriga cada vez más sobresaliente.

Ella luchaba contra esto: “¡Me da igual, estoy bien, no importa que haya subido diez kilos, ni siquiera tengo sobrepeso, mi IMC es normal, 22!”, “¡Dejad de decirme esas cosas, qué pesadez, que me importa un pito haber engordado, dejadme en paz!”. Y era verdad, le importaba un pito… Hasta que reventó los últimos vaqueros sanos que le quedaban. Era verdad hasta que le importó.

Pipi a secas decidió ponerse a dieta, pero no bajaba de peso. O bajaba muy poco. O bajaba y lo recuperaba. No podía hacer ejercicio por problemas respiratorios, así que pasó a estiramientos. Sustituyó alimentos grasos por magros, lo blanco por lo integral y se infló a infusiones drenantes y laxantes. Consiguió bajar tres kilos, pero no era suficiente. Le decían: “¡ya era hora, pero aún sigues muy gorda!, Vaya barriga que has echado, ¿no?, Pues yo solo te lo noto en la cintura, quizá puede que estés más estilizada, pero sigues muy gorda”.

Pipi a secas se descubrió comprando alimentos sustitutivos, saltándose comidas, cada vez más débil por la falta de calorías, sintiéndose culpable cuando los fines de semana se zampaba una hamburguesa,  o un kebab, buscando la forma de ahorrar para comprar cápsulas drenantes y quemagrasas, pero contenta porque estaba a cuatro kilos de conseguir su objetivo, su peso ideal. ¡Si hasta se bajó una app para contar calorías y que le avisaba que se estaba pasando de calorías y grasas! Hasta que un día volvió a pesarse y vio que había recuperado dos kilos. Pipi se descubrió buscando qué comer y nada era bueno, porque todo engorda, todo tiene grasas, todo tiene calorías. Pipi se ha forzado a tomar este mediodía un batido sustitutivo para no desfallecer ni atracarse luego de comida por la ansiedad.

Pipi no lo soporta más. Pipi se ha dado cuenta de que siempre tuvo problemas con su cuerpo pero no lo quería admitir porque seguía comiendo. Pipi se ha descubierto más de una vez buscando consejos en páginas pro Ana y Mía. Pipi ha desoído a su yo feminista y ha comprado revistas de moda y “deporte” donde te llaman gorda y te instan a hacer barbaridades para adelgazar.

Pipi ya tiene bastantes problemas como para añadirle además un TCA. No quiere, no puede. Quiere volver a verse en el espejo y decir: “Bah, al menos tengo un culo espectacular”.

Pipi quiere que se la deje de juzgar por todo lo que concierne a su aspecto. Ya no puede más.

Ya no puedo más.

Cris Satchafunkilus

About Cris Satchafunkilus

Me llaman controvertida por querer normalizar tabúes. También feminazi y demagoga. Quienes me quieren sumisa se cabrean cuando escribo, pero mi teclado es implacable (y yo, aún más).

8 thoughts on “No tengo ningún problema con mi cuerpo

  1. Leerte ha provocado en mi una necesidad bestial de hablar contigo. Compartir(nos) experiencia. He visto reflejada en tu relato a mi yo de hace años, esa que a veces asoma la cabeza para recordarme que es de las que se van pero siempre vuelven.

    Pero ella también es mortal, querida. Puedes acabar con ella. Confío en ti, y no estás sola.

  2. la sociedad ejerce una presión brutal sobre nuestra imagen corporal, nos afecta a todas (y a todos, aunque creo que sobre la mujer la presión es mucho mayor) de una manera u otra, todos merecemos amor y respeto y todos somos capaces y válidos independientemente de nuestro físico, los cánones físicos son una herramienta de control muy eficaz y elaborada, ánimo! no estas sola!

  3. Me ha llegado mucho lo que has escrito, me he sentido muy identificada con algunas de las cosas que has expuesto. Este tema lleva rondándome tiempo la cabeza y leer algo semejante a esos pensamientos me ha ayudado a verlo desde fuera. La teoría la tengo clara, pero al llevarlo a la práctica es donde fallo. Conozco bien la culpabilidad de la que hablas, pero creo que ser conscientes del problema y su raíz es un paso hacia adelante en el camino de su superación.

    Ánimo y fuerza, ojalá dentro de un tiempo puedas reescribir esta entrada como una historia pasada y, esa vez sí, ajena a ti. Gracias por la pequeña bofetada de realidad.

  4. Joder, me he identificado tanto que he llorado al acabar. Es que palabra por palabra es mi vida. De adolescente era súper delgada, después engordé y me obsesioné con volver a adelgazar, pero nunca me parecía suficiente. Y ahora que he vuelto a engordar, todo el mundo parece dispuesto a decirme cómo tengo qué comer, qué ropa me queda bien…me ha salido hasta papada jaja y eso conlleva que me pregunten que si tengo tiroides inflamado. He engordado 10 kilos y sigo estando sana, pero mi familia se empeña en verme enferma sólo porque ya no quepo en una talla 36.

  5. A la mierda con el peso ideal, si tu te sientes bien estas bien, cuando me dicen “estas más delgada” o “estas más gorda” las recuerdo a ustedes, mis hermanas feministas, y me escucho, y digo así bien firme: Guardate tus comentarios sobre mi aspecto mira que yo no he dicho nada y puedo empezar a hacerlo.

    Un saludo y un besito para la maravillosa autora y para “Pipi” también!

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