Lo que piensa el feminismo

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Ilustración: Érika Kuhn

Con esto de que el feminismo ahora está en boca de todos, no paro de leer artículos que hablan de “lo que el feminismo piensa…” o “lo que el feminismo tiene que decir sobre…”. Cosa que me saca de mis casillas, porque, sinceramente, llega un punto en que los lees con miedo, “¡vaya por diosa! ¿Tendría que tener una opinión sobre este tema?” o, peor aún, terminas de leerlos y concluyes: “vaya, pues entonces no voy a ser feminista”. Y, miren, eso sí que no. Estoy hartita de que me quiten y me den mi carné de feminista en función de cuántos minipuntos he ganado o perdido esta semana por opinar cosas. ¡Opinar cosas! ¿Pero qué pienso que soy? ¿Una mujer libre?

Aclaremos una cosa: ni siquiera una institución tan vertical, aburrida, patriarcal, obediente y uniforme como la Iglesia Católica es homogénea. Es más: ahora que su líder espiritual es un señor bastante razonable que dice cosas que da gusto oír, ahí están sus supuestos acólitos llevándole la contraria y siendo más energúmenos que nunca. “Lo que la Iglesia Católica piensa sobre…” es un enunciado correcto, porque, en principio y según sus normas, la Iglesia Católica piensa lo que dice el Papa, ya que su función es, precisamente, esa, la de mediar entre Dios y su comunidad, la de interpretar las cosas, la de dar directrices para que aquellos que se comprometen a obedecerles de pensamiento, palabra, obra y omisión las sigan. Y ya ven que ni por esas.

El feminismo no tiene una Mama que nos diga lo que tenemos que pensar; y no podría tenerla aunque quisiera. Porque el feminismo se basa precisamente en la deconstrucción. En desmontar lo que hemos aprendido que tenemos que pensar. En cuestionárnoslo todo. En preguntarnos por qué esto es biología pero eso ya no, ¿no será que esto conviene al poder pero eso ya no? En preguntarnos por qué las mujeres hacen determinadas cosas mejor y peor que los hombres, ¿no será que es lo que nos han enseñado a hacer o a dejar de hacer? En preguntarnos por qué sabemos que somos mujeres y en si esas son las cosas que realmente nos hacen mujeres, ¿no será que han querido dividirnos? Y así continuamente.

Por tanto, el feminismo es, en primer lugar, un proceso. Y no digo proceso como un camino lineal hacia una meta; un proceso, no un progreso. Que es mutante y mutador: lo que a mí me ha llevado hasta un punto no es lo que a ti te llevo hasta él. Lo que seguro que tenemos claro es que las dos somos personas distintas antes y después de pasar por ese punto. Y a partir de él, como personas distintas que éramos y como personas distintas que somos, seguiremos en nuestro proceso: a veces, por el mismo camino. A veces, por otro distinto.

Me duele infinito la expresión de “eso es de primero de feminismo”. No porque no se diga con razón, que muchas veces es así, sino porque asume que las personas partimos del mismo nivel y avanzamos en la misma dirección y al mismo ritmo. Y eso es falso y es egocéntrico. Una nunca sabe cuál va a ser el “primero de feminismo” de otra. Igual resulta que te enamoras de una persona trans y empiezas en el feminismo directamente cuestionándote el género como construcción binaria. Igual resulta que tu hija es violada por treinta energúmenos incluido su novio y empiezas en el feminismo directamente queriendo formar un comando Scum. Igual resulta que eres gran jefa en una multinacional poderosísima y te excluyen en las reuniones con tus socios asiáticos y empiezas en el feminismo preguntándote por qué va antes su cultura tradicional que tus derechos humanos. Igual te mueres de pena comiendo animalitos con seis años y cuando tienes 18 y eres vegana te das cuenta de que las mujeres obligadas a parir sufren tanto como las vacas en las que llevas toda la vida pensando. ¿Cuál de ellas, exactamente, está en primero de feminismo?

“El feminismo” no tiene nada que decir sobre vientres subrogados, sobre prostitución, sobre pornografía, sobre islamofobia o sobre animalismo. Muchas feministas tendrán opiniones sobre todos estos temas, que son complejísimos. Muchas de ellas las tendrán tras haber analizado estos temas en muchísima profundidad: porque son personas acostumbradas a cuestionarse sus estructuras mentales, porque las injusticias les duelen, porque todos estos temas entroncan directamente con su lucha cotidiana. Y muchas de esas opiniones estarán enfrentadas entre sí.

Pero, sinceramente, yo quiero a todas las feministas. Incluso a las que odiaría de forma visceral. Quiero a esa feminista ávida de poder y montada en el dólar, obsesionada con el balance de su empresa; porque, joder, sin ella igual no habría tantas mujeres en los consejos de dirección, y, aun así, siguen siendo poquísimas. Quiero a esa feminista que no considera que una mujer trans sea mujer; porque algunas de ellas han tenido ideas maravillosas que me ayudan a seguir avanzando en las mías propias y no quiero dejarlas de lado sólo porque piense que están profundamente equivocadas negando que cualquier persona que se sienta mujer ya lo es. Quiero ser una de esas feministas que no son capaces de comer productos de origen animal, pero, sinceramente, no lo soy todavía, y no sé si voy a ser capaz de serlo del todo. Quiero a las feministas que se prostituyen y quiero a las abolicionistas que me hacen pensar en la prostitución y la pornografía desde un ángulo distinto al que suelo usar. Quiero a las feministas que me señalan lo cisexista que todavía soy. Quiero a las feministas que no tienen ni puñetera idea de qué significa cisexista pero tienen muy claro que a ellas ningún señor les va a pasar por encima; porque hay feministas que no tienen estudios y que tienen muchísimo que enseñarnos aunque no entiendan la mitad de nuestras palabras de universitarias. Quiero a un montón de feministas pensando libremente y compartiendo sus ideas desde el respeto. Porque llevan toda la vida negándonos el derecho a tener una opinión; sólo faltaría que ahora seamos nosotras mismas las que tengamos que imponernos opiniones ajenas.

Quizá lo único que debería ser de primero de feminismo es la sororidad. Y, ¿sabéis qué? Ni siquiera fue lo primero que yo aprendí. Ni es lo que estamos demostrando cuando nos empeñamos en excluir a todas las feministas que no piensan como nosotras. Podemos ser feministas y llevarnos mal. Nos cuesta entenderlo porque lo que tenemos muy claro es que no podemos ser feministas y no sabernos hermanas. Pero, en serio, tenemos que aprender a no estar de acuerdo y a que eso no nos desacredite. Basta de decir “no puedes ser feminista si…”. “Yo no concibo el feminismo sin…” igual es mucho más sororo.

Y que las feministas piensen.

Vega Pérez-Chirinos

About Vega Pérez-Chirinos

Marketiniana, proyecto de psicóloga, doctoranda en sociología. Me interesan las personas y cómo se comunican. Coordino el blog colectivo Parece amor, pero no lo es.

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