Cuatro cosas que hacen los hombres en el fondo cuando “juegan al abogado del diablo” con las feministas

Autora: Kylee Jo
Autora: Kylee Jo

Traducción libre de un artículo publicado originalmente en Everyday Feminism por Melissa A. Fabello

Acabo de participar en un programa de radio.

Me habían pedido que hablara sobre el acoso callejero. En particular, me pidieron que hablara de un artículo que escribí sobre el “catcalling”: mi experiencia con los tatuajes como supuestas invitaciones al ‘catcalling’ o acoso callejero (un artículo que creo que le encantó a la gente, basándome en el número de amenazas de muerte que recibí tras publicarlo).

Así que ya sabía exactamente qué me cabía esperar.

Después de que me hiciesen algunas preguntas generales que me enfrentaban una y otra vez al tópico de que el acoso callejero es “sólo un cumplido”, el anfitrión llamó a la participación de otras mujeres tatuadas que quisieran discutir sus experiencias con los diseños artísticos de su cuerpo y el acoso.

No me sorprendió mucho que la primera llamada contestada fuese la de un tío.

Este caballero defendía, esencialmente, que esta “nueva ola” de feminismo es demasiado sensible con su insistencia en que nuestras “vidas personales” y experiencias tienen significado sociopolítico.

Su argumento era que no todas las situaciones pueden atribuirse a la opresión estructural; y que mi teoría, según la cuál lo que él llama “cumplidos sin malicia” indican lo poco respetados que están los cuerpos femeninos en espacios públicos, era absurda.

También me llamó “privilegiada” – lo cual no deja de ser gracioso, pues fue él quien se tomó un “¡mujeres tatuadas, llamad y compartid vuestras experiencias!” como un “¡hombres aleatorios, decidnos lo que pensáis!”.

Y sé perfectamente por qué llamó, por qué se sintió tan obligado a compartir sus poco originales pensamientos.

Él sólo quería darnos la oh-súper-importante “otra cara de la historia”, ya que mi argumento era “unilateral” y “sesgado”. Sólo quería “debatir de forma racional e inteligente” este tema con el cuál él tiene experiencia nula, haciéndome saber que estoy equivocada.

Porque, ya sabéis, necesitamos saber desesperadamente lo que los hombres piensan de la vida de las mujeres, particularmente en relación a cómo nuestro sufrimiento no es un argumento válido y cómo un poco de “sentido común” nos ayudará a entender que no estamos nada oprimidas – y si no, estaremos siendo feministas misandras interesadas sólo en darnos eco a nosotras mismas, sí señor.

Claro.

Pero a lo mejor estoy siendo injusta. A lo mejor de verdad soy “demasiado sensible”. Después de todo, él sólo estaba jugando al abogado del diablo con mi argumento, ¿verdad? Quiero decir, ¿por qué no agradecer que me muestren una perspectiva que puede que nunca haya considerado antes en toda mi vida?

Si eres una feminista que pasa algo de tiempo en Internet, debes saber exactamente de qué te hablo: Enlazas un artículo sobre la brecha salarial en Facebook y, de repente, toda esa caterva de hombres cis blancos heterosexuales salen de su cueva para recordarte que las estadísticas fallan, que las mujeres pasan más tiempo sin trabajar, que a las mujeres no les gustan las ciencias puras – todos bajo el disfraz de “jugar al abogado del diablo” – como si nunca hubieras escuchado esos argumentos antes.

Y es un disfraz.

Porque la mayoría de la gente que juega al abogado del diablo (una herramienta de debate legítima en la que uno habla desde una perspectiva ausente en el debate en un intento de hacer al otro, tras considerar la nueva información, replantearse su posición) con las feministas en realidad no lo está haciendo en absoluto.

Así que, en caso de que posicionarse como consejero legal de Satán no sea suficientemente preocupante, quiero explicar por qué, en especial como defensoras del feminismo y la justicia social, ponemos los ojos en blanco ante esta mal llamada “abogacía del diablo”. Es porque sabemos que, en el fondo, probablemente sólo estéis a punto de hacer una de estas cuatro cosas:

1. Estáis regurgitando (y reforzando) el status quo.

Lo que resulta gracioso del ya mencionado hombre que llamó al programa de radio para dar su opinión es lo siguiente: la mayor parte de la entrevista hasta ese momento había consistido en el entrevistador diciéndome lo que los hombres suelen pensar del malestar de las mujeres con el acoso callejero.

Eso quiere decir que dediqué mucho tiempo a ofrecer mi refutación de dicha postura, apoyada tanto por el análisis feminista como por mi experiencia vital – ninguno de los cuales la mayoría de hombres que rechazan la noción de acoso callejero tienen.

Y entonces este sujeto llama para… repetir todas esas posiciones.

Este hombre – quien supongo que creía estar actuando como un héroe de la humanidad2 – llamó para regurgitar las mismas posturas que yo ya había refutado.

Y esas posturas – los puntos de vista popularmente aceptados sobre algún tema – se conocen como “el status quo”.

Cuando los sociólogos utilizan el término “status quo”, éste hace referencia a las estructuras y valores sociales que de hecho existen en una cultura y momento determinados. Es básicamente el “cómo son las cosas” generalmente establecido.

El trabajo de la mayor parte de feministas y otros activistas anti-opresión es desafiar el status quo, o empujar a la sociedad a que revalúe el “cómo son las cosas”, sea consciente de en qué sentido son dañinas, y trabajen para erradicarlas.

Así que cuando “jugáis” al “abogado del diablo”, estáis literalmente repitiendo el status quo y diciéndonos cosas que ya sabemos – no sólo porque nosotras también vivimos en este espacio y tiempo y por tanto comprendemos las normas de nuestro lugar histórico y cultural, sino también porque nos dedicamos activamente a pensar más allá de lo establecido, lo cual requiere que primero conozcamos lo establecido muy, pero que muy bien.

Y nos estáis insinuando que debemos quedarnos dentro de lo establecido.

Es decir: no nos estáis diciendo nada nuevo. Básicamente, estáis contestando a nuestra pregunta “¿qué pasaría si 2 + 2 pudieran ser 5?” con un “sólo estoy jugando al abogado del diablo, pero 2 + 2 son 4”.

2. Le estáis faltando al respeto a nuestras habilidades de pensamiento crítico

Cuando alguien responde a mi crítica de la cultura en que vivimos con lo que cree que es una incoherencia o contradicción profunda, mi primer pensamiento es: “Uauh, no tienes ningún respeto hacia mí como sujeto intelectual”.

Ahora bien, yo soy la primera que dice que no debemos sobrevalorar el intelecto (y en particular la definición tan estrecha que tenemos de él) como rasgo (eso se llamaría capacitismo) – y sí, sé que los abogados del diablo queréis replicar que el intelecto y su capacidad de innovación son valiosos para la propagación de la especie –, pero sí que creo que debemos respetarnos unos a otros por cualquiera que sea la forma en que nuestra inteligencia se presente.

Para algunos de nosotros, la inteligencia se presenta en nuestras habilidades de análisis crítico, o nuestra capacidad de analizar, evaluar, reconceptualizar y comunicar ideas.

Y cuando nos regurgitáis el status quo – reestableciendo las normas que nosotras tratamos de cambiar interrumpiendo nuestro proceso reflexivo para pedirnos que consideremos ideas que ya hemos contemplado en profundidad – nos estáis señalando que no confíáis en nuestra capacidad de pensar de forma crítica.

Muchas veces, lo que lo hace incluso más frustrante es que la crítica se basa en que al ser los sujetos de los que hablamos (es decir, mujeres hablando sobre las experiencias de mujeres), nuestra posición es sesgada.

Renegáis confiar en nuestra capacidad de razonar porque dais por hecho que nuestros puntos de vista están influidos por nuestras experiencias – como si las vuestras no estuvieses igualmente sesgadas.

He aquí una noticia de última hora para los abogados del diablo: no existe la opinión no sesgada. No puede existir porque todos proyectamos valores cuando tratamos de resolver un problema de forma “objetiva”.

¿Estamos entonces las feministas sesgadas? ¿Las mujeres? ¿La gente de color? Sí. Lo estamos (y lo están).

Pero, ¿qué os hace asumir que la perspectiva de, por ejemplo, un hombre blanco no está sesgada, no está afectada por su posición social?

Te diré por qué: es porque estáis acostumbrados a vivir en un mundo que reafirma y valida constantemente vuestra experiencia como “el cómo son las cosas”.

Es porque, de nuevo, estás repitiendo el status quo, que en virtud de su existencia pasa sin ser cuestionado.

Y cuando dais por hecho que nuestras conclusiones han caído del cielo mágicamente inducidas por una experiencia amarga, estáis asumiendo que estáis por encima de la subjetividad y que por tanto sois los únicos en la conversación que podéis pensar de forma crítica por vosotros mismos.

3. Estáis anteponiendo vuestros pensamientos a nuestras experiencias vividas

Ojalá estuviera exagerando en este punto, pero con toda franqueza, una conversación típica de Facebook entre una feminista y un lego (especialmente uno que sea un hombre cis hetero) suele ser así:

—El acoso callejero es ofensivo.

—No lo es. Es un cumplido.

—Creo que depende de mí decidirlo. Y no me lo tomo como un cumplido.

—Pero deberías. Es inofensivo.

—No lo es. Es incómodo, violento, y a veces hasta amenazante.

—Eso es ridículo. Deberías sentirte alagada.

—Pero no lo hago. Me frustra y me ofende.

—Por favor. A las mujeres les encanta que los hombres les digan que son guapas.

Momento en que hasta una docena de mujeres comentarán, explicando por qué el acoso callejero les molesta, incluso enlazando a historias e investigaciones que respaldan su postura. Hasta algunos hombres feministas saltarán para intentar arrojar algo de sentido común a la mente del capullo ofensivo en cuestión. Pero este último continuará defendiendo su opinión, a pesar de las numerosas pruebas de que está completamente equivocado.

He visto darse situaciones de este tipo – sí, incluso sólo con el tema del acoso callejero, por no mencionar un millón de otros temas – una y otra y otra vez.

Lo que esta clase de abogado del diablo no entiende es que su (muchas veces no solicitada) opinión sobre un tema no está por encima de las experiencias vividas y las emociones válidas de la persona marginada en la historia en cuestión – especialmente cuando su opinión es prácticamente universal.

La verdad es que no podéis imponer vuestro criterio sobre cómo las personas experimentan su existencia. Hacedme caso: a veces me gustaría poder cambiar mi perspectiva sobre algo y así experimentar este mundo de forma menos terrible, pero no puedo.

Porque no importa cuántos hombres nos digan que su intención con el catcalling es inofensiva: va a seguir ofendiéndonos.

Porque vuestros pensamientos – no importa lo bien intencionados, pensados o investigados que estén – son muy limitados en comparación con el vivir en un cuerpo marginado que experimenta el trauma de la opresión.

Debe ser la gloria estar en tal posición de poder que podéis permitiros el lujo de sermonear sobre la idea de opresión.

Pero cuando interrumpís una conversación basada en años de experiencia y síntesis para añadir vuestro “granito de arena” de “abogado del diablo” sobre lo que pensáis del tema, estáis poniendo vuestros cinco segundos de contemplación como iguales o más válidos que la propia vida de alguien.

4. Estáis zanjando una conversación en lugar de añadir nada a ella

Voy a deciros algo que no queréis oír (y sé que no queréis porque cuando lo aprendí, yo tampoco quería): vuestra opinión no siempre importa.

Sé que – especialmente los que tenemos posiciones privilegiadas – hemos crecido con la idea de que una opinión no puede estar ni bien ni mal y que lo que piensas sobre el mundo es importante y merece ser compartido. Pero eso es una chorrada.

Hay veces en que tu perspectiva sobre el mundo tendrá un valor incalculable – porque sólo tú la tienes de esa forma en concreto, y tiene el poder de cambiar las cosas, para mejor o peor, en algún sentido. Pero eso no es siempre así.

Y cuando vuestra opinión – o lo que pensáis que es una nueva perspectiva fascinante a través de la que mirar el mundo – refuerza el status quo, falta al respeto a la persona con la que habláis, y se apropia de un espacio innecesariamente, en realidad no estáis añadiendo nada a la conversación. La estáis zanjando.

Y seáis conscientes o no de ello, tanto si era vuestra intención como si no, es de lo más opresor.

Así que, ya sabéis, sólo por jugar a la abogada del diablo, quiero daros una idea para que le deis vueltas. A lo mejor, a veces, en lugar de insertar vuestra opinión, es mejor prestar atención a la conversación que añadir algo redundante y lapidario.

Espero que Satán se sienta orgulloso.

Melissa A. Fabello, coeditora de Everyday Feminism, es educadora sexual, activista de los desórdenes alimenticios y la imagen corporal, y bloggera de la alfabetización mediática. Le gustan los días lluviosos, Jurassic Park, la canción de Taylor Swift para cada ocasión, y puedes encontrarla en Youtube y Tumblr. Es graduada en Ciencias de la Educación y Literatura Inglesa por la Universidad de Boston, y Máster en Sexualidad Humana por la Universidad de Widener. Actualmente trabaja en su tesis doctoral. Puedes encontrarla en Twitter @fyeahmfabello

Igual, para ti, este debate es una forma de entretenerte, pero para mucha gente de esta sala, es con sus vidas con lo que te entretienes. La razón de que esto te parezca un juego es que es un asunto que no te afecta directamente; siendo un tipo, te resbala si la mayoría las víctimas de tiroteos en masa son mujeres que previamente habían rechazado al tirador. Aunque debería, ya que la misoginia también mata hombres. Si eres blanco, te da lo mismo si la gente no blanca está siendo investigada y perseguida únicamente por motivos étnicos. Puedes manipular conversaciones de  problemas reales porque, al final del día, tienes la potestad de largarte tranquilamente del desaguisado que has provocado. Seamos justas, hay muchos abogados del diablo privilegiados por ahí que sí se preocupan por aprender; conozco a gente que piensan con más claridad en alto, arrojándome ideas para ver cuál encaja con las de  esa «vecina feminista tan maja». Tanto tú como los tuyos preferís acercaros a un concepto desde múltiples ángulos antes de posicionaros. Nos pedís a aquellas que sabemos del tema que os lo expliquemos una y otra vez porque os resulta más sencillo considerarnos vagas, lloricas o mentirosas que ver que, en este mundo, lo mismo es que las cosas basculan más de vuestro lado.

(…) A aquellos abogados del diablo que tienen inquietud por aprender: mejor buscaos otros caminos para ello. Tened en consideración que vuestras amigas no reciben remuneración por desmenuzar y analizar aquellos conceptos que, a menudo, les retraen a experiencias traumáticas. Sed delicados con su tiempo y energía. Sed agradecidos, mostradlo; escuchad cuidadosamente y reflexivamente cuando estas personas hagan el esfuerzo de compartir estas experiencias con vosotros.

Traducción del Demonio Blanco de la Tetera Verde: Carta abierta a aquellos privilegiados que ejercen de abogados del diablo.

Cristina V

About Cristina V

Investigadora en Filosofía

5 thoughts on “Cuatro cosas que hacen los hombres en el fondo cuando “juegan al abogado del diablo” con las feministas

  1. Que un tipo blanco, cis, hetero, no tenga experiencias como mujer, negro o gay es indiscutible. Pero te aseguro que esto no es un juego de diálogo para mí. También he tenido que tragar lo mío por no ser todo lo agresivo, masculino, competitivo, lanzado, explícito o arrogante que se esperaba. Tal vez este no es mi sitio, pero entended que el machismo de un padre dominante, de derechas, franquista y decente no sólo aplasta a las chicas, también a los chicos. No puedo yo hablar de feminismo, vengo aquí a aprender. Pero el machismo nos pringa y aplasta a todos.

    Gracias y perdón.

  2. “Sé que – especialmente los que tenemos posiciones privilegiadas – hemos crecido con la idea de que una opinión no puede estar ni bien ni mal y que lo que piensas sobre el mundo es importante y merece ser compartido. Pero eso es una chorrada.”

    Te adoro por este sencillo párrafo.

  3. Querida Cristina,

    Me ha encantado tu artículo y ahora me surge la siguiente pregunta

    ¿Cómo recomiendas a una feminista actuar ante un abogado del diablo?

    ¡Un saludo!

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