Tras la impotencia llega la rabia

Pintora: Nora MacPhail
Pintora: Nora MacPhail

Hace poco me reencontré con una amiga que llevaba tiempo sin ver. Al terminarnos el café vi en su bolso una navaja y en sus ojos una historia que no había querido contar a nadie por miedo a las represalias contra ella.

Vestía unos vaqueros, unas Mustangs y una camiseta. No le gustaba salir pintada a la calle, decía que le gustaba sentir el aire acariciando su cara desnuda. Con el arte en los ojos dibujaba la ciudad a su gusto mientras caminaba por la acera. Yo la veía desde lejos caminando hacia una parada de autobús.

21:55 de la noche, aun falta media hora para el siguiente autobús. La gente la mira al pasar y mientras en sus cascos suena algo que la transporta a otro lugar, no demasiado lejos de allí. Cierra los ojos y empieza a soñar, a alejarse de la realidad.

22:10. Un hombre, cuarenta y tantos, se queda de pie justo a su lado. La observa, su mirada intenta penetrar en el mundo que ha creado la chica. Ella no se da cuenta, y sigue soñando.

A los cinco minutos se percata de que alguien la mira y un escalofrío recorre su espalda. Se relaja, piensa que son solo paranoias y sigue con su música. No queda ya nadie en la estación de autobuses y la chica espera al autobús. Al poco rato la cara de la chica empezó a volverse blanca. El miedo atenaza sus grandes ojos y dos lágrimas de impotencia asoman en su mirada. Se gira hacia ese hombre y se da cuenta de que está masturbándose a menos de un metro, mientras la mira fijamente. La chica agarra con fuerzas su paraguas en una noche oscura de invierno, se aferra a él como si fuera un arma blanca.

Tras la impotencia llega la rabia y con la rabia las ganas de actuar. Las ganas de actuar se pierden tras recordar la paliza que le dieron a su amiga por moverse mientras la violaban. Tras la rabia llega de nuevo la impotencia, y tras la impotencia la resignación.

Al autobús debe faltarle poco, es la única parada donde puede cogerlo, es el último autobús, no lleva dinero encima y vive en otra localidad a una hora de allí.

La chica comienza a hacerse cada vez más pequeña, en la inmensa nada que comparte a la fuerza con un hombre que sigue tocándose sin quitarle los ojos de encima. Su mirada duele en la piel de la chica, quema y no se atreve a levantar la vista de un libro. Intenta seguir leyendo, sin hacer caso, pero las líneas se confunden, se empañan sus sentidos y las palabras no terminan de decir nada.
Llega el autobús, quiere subir corriendo, pero el hombre aprovecha y se pega contra ella al subir la escalera para sacarle la lengua divertido cuando ella mira por la ventanilla asustada.

La chica viste unos vaqueros y unas mustangs. No le gusta salir pintada a la calle, pero el viento ya no acaricia su cara. El arte de su mirada se borró en el olvido, cambiándolo por una sospecha continua, un miedo irrefrenable hacia una próxima vez. Ya no dibujaba la ciudad mientras caminaba por la acera porque iba demasiado pendiente a un futuro incierto con el que encontrarse de golpe. Las calles, esas calles territorio de nadie. Esas calles de las que se adueñan hombres que ven el acoso callejero como una forma de diversión. Yo la veo caminar de lejos hacia la parada de autobús. La veo a ella, a mi hermana, a una vecina de veintitantos y una niña de once años. Veo a todas las mujeres que por su condición reciben este trato. Yo veo a todas esas mujeres que son denigradas y no se atreven a contestar, somos mujeres. Yo veo con mi mirada teñida de morado, con la rabia a flor de piel a un indeseable que no respeta la condición humana. Yo veo, desde las tristes aceras como cada día una mujer sufre acoso, sufre maltratos, violaciones y dejaciones por hombres que se adueñan de todo. Yo estaba en esa parada de autobús, en ese portal en Pamplona, estaba en un callejón oscuro, y en la habitación donde abusaron de una cría de catorce años. Yo estaba cuando mataron a la madre de dos niños de un tiro, porque un exmarido con ansias de poder pensó que si no podía ser suya tampoco sería de otro hombre. Yo estaba y me arrancaría los ojos si así no recordase las cosas que las mujeres hemos visto pero esa no es la solución, solo ocultaría el problema.

Yo la veía caminar de lejos hacia la parada del autobús. Vestía unos vaqueros y unas Mustangs y no le gustaba salir pintada a la calle.

About invictaverba

Solo una chica más que quiere aportar un pequeño granito de arena.

Deja un comentario