Lo que me molesta es que no hayas pedido perdón, Papá

Para nadie es un tema desconocido que dentro del núcleo familiar ocurran el mayor número de abusos sexuales a menores de edad, y es que a veces es en la calidez del hogar donde existe más vulnerabilidad.

 

Me molesta que no hayas pedido perdón, papá
Imagen de la fotógrafa colombiana Anita Calero

 

Está latente la presión. Sabes que algo no anda bien. Piensas y viene un silencio – no es normal sentirme así -.

Eran las siete de la mañana, era verano y ya estaba soleado. Me desperté por los ruidos que hacía mi papá al andar en la casa antes de ir al trabajo, pero me ganaba el sueño y traté de dormir de nuevo. Pasó a despedirse de mí. Pensó que estaba dormida en mi cama. Yo llevaba pijama de verano, una camisola celeste que me gustaba mucho.

Ya me había pasado antes. Sentir miradas sexualizadas, o que mi papá tocara mi cuerpo cuando pasaba al lado mío o cuando jugábamos como padre e hija. Pero esa mañana ya era grande. No era la niña pequeña que no entendía lo que pasaba. Ya había entendido que un día, cuando jugué con un vecino más grande y me dijo que jugáramos al doctor, no era un juego inocente. Cuando un primo lejano me tocó por la noche, no era una muestra de cariño. Cuando un tío me sentó en sus piernas y las tocó… ya había entendido que eso no estaba bien.

Esa mañana sentí sus manos frías por mi cuerpo. Quise moverme y gritar, darle una cachetada o huir, pero me quedé paralizada frente a esa imagen de autoridad que la sociedad le otorga a los padres. Tenía 13 años y toda mi vida había estado rodeada de episodios de abusos. Ya no quería seguir sufriendo a causa de una obsesión, de una adjetivación de mi cuerpo, de una enfermedad que sólo causaba que el alma esté inquieta.

La reacción de mi madre

No hice nada. Esperé a que mi papá se fuera de la casa. Me senté en mi cama y me largué a llorar. Nunca he podido olvidar esa sensación de corazón apretado que no te deja respirar. Es como si nuestro cerebro tuviese memoria de las emociones que experimentamos. Grité: ¡mamá, mamá!

Ella llegó. Le conté lo que pasaba, lo que había pasado hacía algunos minutos, pero no recuerdo un abrazo cálido ni palabras amorosas y contenedoras de madre. Sólo este texto insensible: “cuando llegue tu papá a la casa hablaremos los tres”. Mi mamá siempre supo de los abusos, pero los justificaba y simplemente no hacía nada.

Llegó la noche. Mi papá llegaba del trabajo tarde. Mis papás se encerraron en la pieza. Estaban conversando de mí. Yo no sabía cuál podía ser la solución, sólo sollozaba. Mi mamá me llamó y me sentó en frente de mi papá. Actuando como mediadora me preguntó textualmente: ¿tú crees que tu papá podría hacerte algo así? Me derrumbé sobre mis pies y sentada y asustada por la mirada de mi papá respondí: No.

Sola y vulnerable

Me sentí desprotegida, sola y vulnerable. Estaba sola luchando contra un adulto. Comencé a cerrar mi pieza con pestillo cuando dormía, empecé a usar ropa más grande que la de mi talla, la ropa lo más holgada posible para que no me mirara. Empecé a comer mucho para engordar y que mi papá no me encontrara atractiva. Eran mis métodos de protección.

Tuve desórdenes alimenticios, bulimia y anorexia no tratada. Mis papás sabían, pero no me ayudaron jamás con eso.

Los años siguientes fueron más tranquilos desde el punto en que dejaron de haber tocamientos, pero el voyeurismo seguía existiendo en mi casa. Mi papá siempre me miraba las pechugas, las nalgas, las piernas y cuando pasaba mi lado trataba de rozar su cuerpo con el mío. Años después me enteré de que agujereaba las paredes del baño para mirarme a mí y a mis hermanas, siempre, bajo cuadros que retrataban la “familia feliz”. No me gustaba estar en mi casa ni tener que mirarlo a los ojos. A ratos quería dejar de existir. Tomé una sobredosis de pastillas para dormir una vez. No quería verlo en días.

Para el mundo mi papá era el padre perfecto. Iba a mis reuniones del colegio, cocinaba, limpiaba la casa, trabajaba harto y se había quedado con mi custodia y la de mis hermanas tras la separación de mis papás. Pero esa rabia interna, ese miedo a los hombres adultos o el recuerdo no me dejaba hacer una vida tan normal. En el colegio era introvertida, me molestaban por ser gorda, no tenía muchos amigos. “Me apagaba todos los días y nadie me devolvía los días nublados”.

Mi fortaleza

Ya más grande, apenas pude me fui de la casa. Quería tener el menor contacto posible con mi papá. A veces lo odiaba con toda mi alma. Lloraba de rabia e impotencia pensando en el por qué no tenía un adulto que me protegiera; pero con la adolescencia vino mi seguridad y poco a poco uní los pedazos de corazón que tenía trizados y me hice una mujer fuerte emocional.

Lamento que mis padres se hayan perdido la oportunidad de conocerme bien y saber qué es lo que me gusta. Que hayan perdido la oportunidad de amar inmensamente e incondicionalmente, pues ambos ya no forman parte de mi vida hoy en día.

Pero el paso de los años me ha enseñado que esos hechos sólo le entregaron fortaleza a mi corazón y que, pese a que mi niñez fue opacada, siempre podemos encontrar un camino que nos haga sentir mejor. Somos millones  les adultes que de niñes vivimos algún tipo de abuso y aquí estamos, sonriendo y respirando.

[A veces es mentira mi discurso y también lloro porque los recuerdos hacen que mis días sean más melancólicos y cambie mi estado de ánimo. Pero el hecho es que siempre existe algo que hace que me sienta mejor y eso hace que sane momentáneamente…]

 

About Claudia Benavides

estoy en un constante trance.. mi mente juega a veces conmigo y otras no

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