Cuando la incomprensión de una amiga puede hacerte casi tanto daño como el violador

Cuando la incomprensión de una amiga puede hacerte casi tanto daño como el violador
Dibujo de la artista española Beatriz Martín Vidal

Hace ya un año que conseguí salir de una relación tóxica.

Y digo tóxica porque cuando decimos la palabra maltrato todavía muchos piensan en la típica imagen de la mujer con el ojo morado, y ese no fue mi caso. Sin embargo, sí fue una relación de violencia de género de manual, por suerte en mi caso el miedo me animó a dar el paso para dejarlo antes de que la cosa llegara realmente a las manos.

Miento. En realidad, la cosa llegó algunas veces a las manos. Una vez me empujó y me tiró al suelo. Tuve suerte, era una habitación muy grande y no me di ningún golpe contra nada.

Algo tan «simple» me marcó. Fue la primera vez que le tuve miedo. Lo dejé y le pedí que no volviera a hablarme.

Sin embargo, tras un año y varias insistencias por su parte acabé accediendo a quedar. Y volví a entrar en la rueda de nuevo. Al principio me parecía que había cambiado, se me hacía impensable que lo pudiera volver a hacer. Tenía una dependencia emocional horrible y además me emocionaba la idea de que yo podía ser la chica que le hiciera cambiar, para qué mentir.

Empieza el control

Sin embargo, en verano ya empezó a hablarme de cómo no quería siquiera que mirase a nadie más. Él sí podía desear a otras chicas, me daban unos celos horribles.

En diciembre me dijo que no podía vestir así con él, que era anti-erótico.

En febrero, que él esperaba de una mujer que supiera comportarse como él quería. Me amenazó con dejarme si yo no cambiaba, porque no le gustaba cómo era. Eso sí, me quería mucho (???)

En semana santa me echó en cara que quisiera pasarla con mi familia en lugar de con él, acabé abandonándolos por él.

En junio empecé a pensar que él no me hacía ningún bien, y me distancié un poco. Él me dijo que sentía que me estaba perdiendo, y empezó a entrarle en la cabeza que todo se solucionaba con sexo.

La segunda vez que tuve miedo

En julio le hablé de una campaña de concienciación sobre el consentimiento sexual. Concretamente, la analogía de la taza de té de la bloguera Rockstar Dinosaur Pirate Princess (si una persona no quiere té, no le fuerzas a tomarse el té). No quería insinuarle nada, solo enseñárselo porque me había gustado; de hecho, yo seguía en mi burbuja de que todo iba bien, con algunos problemillas pero nada que no pudiera solucionar. Él se puso hecho una fiera. Se obsesionó con la campaña y desde entonces no hubo conversación en la que no la sacara a relucir para reírse de lo que decía. Así aprendí algunas perlitas que pensaba, como que si una mujer está desnuda, está pidiendo que la follen o si una mujer sube a tu casa no puede sorprenderse luego si intentas follártela. La que a mí me hizo saltar las alarmas fue la siguiente: si una mujer está saliendo contigo, tiene que follar contigo, para algo es tu novia.

Aquella fue la segunda vez que le tuve miedo. No miedo de que me dejara, sino miedo de él. De lo que había pasado a representar.

Las mujeres exageran con lo de las violaciones. Algunas hasta lo están pidiendo en el fondo. Además, a muchos hombres también nos maltratan. Si yo te follo tú puedes ir a la poli y denunciarme, y me meten entre rejas sin preguntar. Eso sí es injusticia y no que a los chicos les gustes y te entren.

Cada vez que abría la boca yo quería hundirme en mi asiento hasta desaparecer. Porque no se cortaba ni con sus amigos ni con su familia. De los míos ni hablar porque directamente ya nunca quería verlos.

Cada vez sufría más con las relaciones sexiales

En agosto teníamos la boda de su hermano. Era en otra ciudad, así que íbamos a estar todos en un hotel. Me dijo que íbamos a tener sexo sí o sí, que ni se me ocurriera pensar otra cosa. Que para eso iba a la boda, que estaba harto de nunca ligar en las bodas. Y para una en la que ya traía el ligue de casa no iba encima a quedarse a dos velas. Yo en ningún momento le había dicho que no pretendía tener sexo con él en la boda. Después de sus preciosas declaraciones se me habían quitado las ganas. Cada vez sufría más con las relaciones sexuales, porque ya no me atraía. No era porque oliera mal o fuera feo. Sino porque lo que soltaba por la boca me revolvía las entrañas. Yo era feminista y me sentía avergonzada de estar con alguien así. Me miraba desde fuera y solo sentía eso, vergüenza. Quería dejarle. Y él se había dado cuenta.

El fin de semana de la boda fue el peor de mi vida, por lo menos los momentos a solas con él. Yo necesitaba tiempo para maquillarme y vestirme por la mañana, pero él quería sexo. Después de una hora (!), literalmente. Insistiendo y discutiendo por qué deberíamos tenerlo y por qué no. Se fue a hacerse una paja al baño. Para entonces yo ya me sentía tan mal por querer tener la mañana libre que acabé yendo para convencerlo de que volviese a la cama y lo hiciésemos. Él se pilló un cabreo impresionante. Me empezó a gritar si ahora quería té, que si le estaba manipulando. Que “¿qué iba a hacer?” “¿Que si lo hacía ahora le iba a denunciar o qué?” “¿si me creía muy lista?” “¿Que si ahora les iba a contar a todos que me había violado?”

Coaccionando que es gerundio

Yo me volví a la cama llorando, él volvió a “consolarme”. No quise y volvió a lo mismo. Al “no te enfades, anda, si no nos damos prisa vamos a llegar tarde”.

Y fue eso, el llegar tarde a la ceremonia lo que hizo que al final viese que si no abría las piernas iba a quedar mal delante de toda su familia. Y eso me pudo.

No se quedó contento. Bueno, sí, pero después me dijo que por la noche lo íbamos a tener sí o sí, que ya estaba harto de tonterías.

Tuve suerte, bebió tanto que no podía tenerse en pie y cayó redondo en la cama. Yo no había estado más aliviada en mi vida.

Sin embargo, a la mañana siguiente no tuve tanta suerte. Decidí simplemente aguantar hasta poder irme con mi familia a respirar tranquila de nuevo.

El autoengaño

Por supuesto que no lo dejé. Me convencí a mí misma de que ha sido un finde malo y ya está, a todos nos pasa alguna vez. Con las bodas se tienen los nervios a flor de piel.

Nunca más volví a disfrutar de una relación sexual. En realidad, nunca más fue consentida en su totalidad. Me convenció de que teníamos que arreglar nuestra relación. Y que el sexo era uno de los pilares básicos del amor. Que sin sexo no podía quererme. ¡Y yo tenía tantas ganas de que él pudiera quererme!

Emborrachar a tu novia para tener sexo

En octubre decididamente me dijo que no quería quedar con mis amigas, que le aburrían.

“Que si de verdad le quería teníamos que pasar tiempo solos” que nos lo merecíamos como pareja y además, así era todo mucho más romántico. Compró dos botellas de vodka del Mercadona y me obligó a beberme una, porque “¡cuando bebía estaba más receptiva y ya estaba cansado de tener que pelearlo todo siempre!”.

Dos versiones de la misma situación

Tengo pocos recuerdos de esa noche, entre ellos gritar mucho -no de placer, tampoco de dolor, no recuerdo sentir- ver sangre, pero a la mañana siguiente todo parecía limpio.

Él me dijo que teníamos que repetirlo, que había sido genial y que me había encontrado el punto G porque no había dejado de gritar en toda la noche, cada vez más alto.

Yo me pasé el resto del día vomitando y con 39ºC de fiebre.

Ya no tienes ni voz, ni voto

En noviembre mis planes dejaron de tener voz y voto. Ni siquiera parecía recordarlos, por más que me pasase días recordándole que había planeado esto para los dos. “Ahora no quiero” “Ahora sí”. “Ah, ¿habías reservado esto? Da igual, ya no”. “¿Qué yo te dije que sí? Mira, no quiero discusiones”. “Vámonos a comer aquí, y después ya veremos”. “Oye me aburro”.  “¿por qué no hemos ido allí?. ¡Es que no me lo has recordado!”. “Podías habérmelo dicho entonces. Sí, ahora es mi culpa por querer hacer otra cosa. Tú podías haber cambiado el plan también”. “¡Es que no me recuerdas las cosas. Podíamos haberlo hecho!”. “Es que no tienes actitud propia”. “¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de mí? ¿Ya no me quieres?” “Con todo lo que hago por ti, con todas las veces que follamos, ¿ya no me quieres?”

– No, no, yo te quiero muchísimo. Por favor, no me dejes.

En diciembre colapsé

No tuve marcas, no hubo violencia física, pero eso no impidió que cayera desmayada en el suelo de un hospital. Había entrado en depresión. Había estado llorando tanto tiempo que me había deshidratado. El estrés había podido conmigo. La vagina me seguía ardiendo las veinticuatro horas del día. Aún cuando hubieran pasado semanas desde la última relación sexual. Cuando él estaba fuera. No tenía amigos a quien hablar y mi familia simplemente daba por hecho que yo era muy mía y muy independiente. Por eso no hablaba con ellos de mis cosas. Pero un día tenía una cita médica, el coche no arrancaba, tuve que ir en taxi después de haber sufrido un ataque de ansiedad. Al salir de la consulta, caí al suelo sin demasiadas ganas de levantarme realmente.

Pasé una tarde en la UCI por deshidratación profunda. Cuando intentaron levantarme para hacerme unas pruebas, volví a desmayarme. No tenía fuerzas ni para caminar al baño. Al principio buscaron mononucleosis. Porque una compañera mía la había tenido hacía muy poco. La primera noche tuve otro ataque. Me subió la fiebre, me tuvieron que sujetar para sacarme más sangre y hacerme un cultivo, porque me daban ataques y tiritaba. Pero tras dos días ingresada y sin que yo tuviera más ganas de salir. Porque en realidad entre los sueros y las enfermeras me sentía cuidada y protegida. Y él no estaba allí. Mi doctora decidió que no había enfermedad. Me dijo que mis reacciones no tenían explicación física y que, por tanto, solo le quedaba una cosa. Que en la consulta ya me había visto nerviosa, con ganas de llorar, ida. Y me mandó al psiquiatra y fue lo más importante que pudo haber hecho nunca por mí.

La vagina, no yo

Sin embargo, tardé en ir. Mis padres querían buscar uno bueno, aunque ellos estaban perdidos porque siempre me habían visto bien y yo no les había contado nada. Además, como había pasado la Nochebuena y la Navidad ingresada, quise aprovechar para ponerme al día con la familia. Luego llegaron los exámenes en enero. A mi novio le conté todo y se preocupó medianamente por mí. Le dije -fue una gran idea- que estaba demasiado débil para tener relaciones. Que la vagina se me había cerrado por problemas psicológicos. Que cuando empezara a ir a terapia ya podríamos volver a tener sexo. Que si lo teníamos ahora iba a ser más difícil que se recuperara. La vagina, no yo. Eso fue lo único que le hizo algo de mella y pasó de querer tener relaciones varias veces al día a que fueran solo una o dos a la semana.

Quería irme del mundo

En enero, sin embargo, también habían empezado otras cosas. Como mis deseos de suicidio, que me provocaban ataques de pánico y ansiedad en el metro cada vez que era consciente de que quería saltar a las vías. Me costaba muchísimo quedar con la gente o ir a clase, porque a la mínima complicación quería irme. No a mi casa, sino irme. Irme del mundo.

Aprobé todos mis exámenes de Enero. No sé cómo lo hice. Hubo asignaturas que directamente las había abandonado, y sin embargo fui capaz de sacarlas. Esto me dio una pequeña gota de autoestima y fuerza para tomar mi decisión final. Aunque no estuviera directamente relacionada: dejarlo.

Fui tonta una última vez: me pidió que siguiéramos juntos hasta que nos separásemos ese día, hasta que tocase volver a casa. Y me dejé besar y manosear y me aguanté las ganas de vomitar una vez más. Porque tenía miedo de que pudiese decirme algo, hasta que ya no pudo decirme nada porque nos teníamos que ir.

Y fui jodidamente libre

Tardé tiempo en asimilar todo. Necesité terapia durante un mes para que finalmente, un día me sentara delante de mi psicóloga y le dijera que tenía que hablar. Que no podía interrumpirme. Estuve una hora exacta de reloj sin parar, relatándoselo.

Una vez pude contarlo, fui aún más jodidamente libre.

Él había seguido hablándome por WhatsApp. Como si nada hubiera pasado, como si siguiéramos igual. Bueno, no. De vez en cuando decía que me echaba de menos. A mí estos mensajes me provocaban ansiedad porque me veía obligada a responderlos. Aún cuando yo solo quería que me dejase en paz. Por suerte después de escuchar esto, mi psicóloga me mandó decirle que no me hablara nunca más, y que lo bloquease.

Y ahí sí que fui jodida y realmente libre.

Descubres con quién puedes contar

Sin embargo, no todo acabó ahí. Durante el tiempo en el que me traté, con antidepresivos y terapia, fui seleccionando a las personas a las que se lo podía contar. Mi familia estaba descartada, porque no quería que se culpasen ni que pasasen el día preguntándome qué tal estoy; yo solo quería olvidarlo. Así que se lo conté a mis amigas.

Empecé contándoles simplemente la depresión. Es bonito que pueda aparecer simplemente como una enfermedad sin motivo, porque es la explicación comodín para estos casos. Les conté que estaba bajo tratamiento. Les impresionó un poco, pero ahí se quedó. Ninguna empezó a prestarme más atención, ni me preguntó más, ni se preocupó especialmente por mí. Yo llevaba mucho tiempo a medias en sus vidas y se habían acostumbrado a ello, a no hablar demasiado conmigo ni quedar. Pero yo en esos momentos lo deseaba fervientemente. Necesitaba amistad, porque el amor había quedado relegado a lo que había conocido y -otra de las causas por las que estaba deprimida- había empezado a dar por hecho que, si no había estado sintiendo deseo sexual, era porque tal vez me había vuelto asexual, y no porque el hecho de que ser violada sea una práctica asquerosa que no excita a ninguna mujer.

Me sentí sola, muy sola

El problema vino cuando descubrí que habían hecho su vida sin mí; que tenían otros grupos de WhatsApp, que hablaban entre ellas y ya si eso me comentaban algo. Yo me sentí sola, muy sola. En realidad tenía otro buen amigo, pero lo había estado evitando por una razón muy simple: era el ex de mi mejor amiga y, aunque hablábamos alguna vez para preguntarnos por nuestra vida, la idea de quedar a solas estaba vetada, aun cuando había sido ella quien lo había dejado y ya tenía su vida rehecha con otros. Pero decidí que, antes de bajar a las vías definitivamente, iba a intentar una última vez que alguien me escuchara.

Él sí me escuchó. Se preocupó por mí. Desde el día en que se lo dije habló conmigo todos los días, me sacó de casa, me animó las tardes, me hizo reír otra vez, vigiló que tomase mis pastillas, vigiló que no cayese en el alcohol ni que mezclase con drogas, no quiso emborracharse mientras salíamos de fiesta para asegurarse de estar ahí para mi si pasaba algo, me presentó a más amigos, me acompañó a todos los sitios que quise, me pidió que le acompañara a todos los sitios que quiso y, sobre todo, cuando yo le dije que no quería nada con él lo aceptó simple y llanamente y nunca intentó besarme sin preguntar primero, y nunca se sorprendió ni extrañó ni pidió razones cuando le negué los besos, más allá de nuestro problema en común.

También me demostró que no era asexual y que seguía teniendo la capacidad de sentir. Y con eso decidí que podía seguir viviendo.

Cuando la amistad flaquea…

Sin embargo, esto sí que atrajo la atención de su ex, que dejó de hablarme durante meses después de que yo se lo contara por respeto (aunque ella me dijo que todo estaba bien). Yo quedé con las demás y acabé pudiendo explicarles lo que me había pasado durante el año anterior, con el otro chico, toda la mierda que había sufrido. Y ellas lo entendieron, y aceptaron la culpabilidad de no haber estado conmigo aun sabiendo que estaba en depresión.

Jamás las culpé de no haber estado ahí mientras estuve con mi ex, porque no fue culpa suya ni mía, sino de él, y eso siempre lo tuve muy claro. Sin embargo, mi antigua mejor amiga no quedó conmigo hasta que yo, cansada de la situación, le pedí hablar. Y le conté todo.

La culpabilización de tu amiga

Y me dijo que si me habían violado y maltratado, que era mi culpa.

Que por qué no lo dije antes entonces.

Que siempre podía haber salido, que si seguí con él fue porque quise.

Que eso no era motivo para sentirse mal ni, mucho menos, para entrar en depresión.
Que ella no tenía por qué saber que estaba mal solo porque yo le hubiese dicho que estaba en tratamiento con antidepresivos. Que la depresión y la soledad no eran motivo para follarme a su ex (esto, por supuesto, era muchísimo más importante que todo lo anterior).

La recaída

Para entonces era verano otra vez, había pasado un año desde la boda y sentía que estaba retomando de nuevo el rumbo. Desde que escupí todo en la consulta, mis ataques de ansiedad se habían reducido considerablemente. Hasta esa misma tarde en la que quedé con mi ex-mejor amiga y me soltó todo eso, y me rompió de nuevo. Porque podía esperármelo de mi ex-novio, podía esperármelo de un tío al que realmente conociese desde no hace más de un par de años, podía esperármelo incluso de cualquier persona, mujer u hombre, que no me conociese a mí. Podría habérmelo esperado de mis padres, en un arranque de irascibilidad porque no había confiado en ellos y por la impotencia de saber que tu hija ha estado sufriendo delante de tus narices. Podría habérmelo esperado de cualquier otra persona antes que de ella.

Y volví al mareo, al ataque de pánico en mitad de la calle, a las pesadillas de cada noche donde me violaban. Pero esta vez no estaba sola. Ella miraba. Y callaba.

Intentando encontrar el porqué

A él lo he desterrado de mi memoria, me he impedido pensar más en ello, cada vez con más éxito. Pero ella sigue ahí, como el primer día. Porque aunque pude encontrar mil causas para todo lo que me ocurrió, todavía no he sido capaz de responder por qué.

Porqué me dijo todo eso, por qué después de un año sigue defendiéndolo. Por qué, cuando le pedí que me escuchase y se pusiera en mi lugar, lo usó para hacerme sangrar aún más.

Con el tiempo me dijo que lo de su ex era agua pasada, pero que seguía culpándome por no haber estado más a su lado. Y lo peor es que podría perdonárselo, si entendiese lo que ha dicho. Podría aceptar el cambio, podría aceptar que se retractase y forzarme a creerla, por mucho que me costase, por mucho que mi lógica me gritase que no, que las malas personas siguen siendo malas personas, que la ceguera es la norma y que muchos hablan de esas pobres chicas para quedar bien, pero no lo piensan. Pero he dejado de creer que eso pueda pasar. Y cada día pasa, y ella se mantiene, y yo no soy capaz de verla, porque ya la veo en mis pesadillas, ni de hablar de ella, ni de mencionar siquiera su nombre nunca más.

About Mar Varega

20 años. Madrid. Filología Hispánica. Todavía estoy despertando.

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