Violación. No siempre son los lobos los que te atacan

la violación no siempre se detecta
De la ilustradora estadounidense-mexicana Chiara Bautista

Fue mi segundo novio el que me enseñó lo que era una violación.

Yo estaba a punto de cumplir 18 y él era menor que yo. Eso no impidió que empezara a gustarme a medida que hablaba más y más con él.

Quería estar con él

Lo conocí por Twitter, y de un md a otro acabamos hablando por Skype y luego por Whatsapp.

Era ‘tan dulce’ cuando hablábamos, tenía los ojos más azules y bonitos que había visto nunca.

Aunque viviera algo lejos de mí al empezar a hablar más en serio no hubo dudas, quería estar con él.

Yo había estado en otras relaciones a distancia antes. Así que estaba preparada para la carga emocional que iba a suponer aquello, no me importó. Al poco de estar saliendo, tenía clases y otras obligaciones, decidí ir a visitarlo porque no había nada que me hiciera más ilusión que verlo en persona. Sólo vivíamos a tres horas de distancia.

Por una vez tenía una pareja que estaba “cerca” y las ansias pudieron conmigo.

Parecía una bonita historia de amor

Con este comienzo, todo esto podría parecer una bonita historia de amor.

A mí me temblaban las piernas al salir de la estación de autobuses, verlo a la salida esperándome me pareció surrealista. No podía estar más contenta. Era muy alto y grande, más de lo que me esperaba. Me sentí muy atraída por él.

Hasta que no llegamos a su casa no nos besamos. Desde que lo hicimos todo fue un desenfreno de manos por mis piernas, debajo de mi falda mientras yo estaba acorralada contra la pared. Sin apenas poder moverme. No voy a mentir, esto me intimidó ligeramente. Intenté que no me importara, acabé consiguiéndolo. Me sentí aliviada cuando su madre nos llamó a cenar. Sin embargo más tarde no hubo tales interrupciones.

Pobre machito

Aquella noche en su cuarto estuvimos hablando de nuestras vidas. De nuestros planes de futuro y de cuanto nos gustábamos el uno al otro. Hablamos un poco más de nosotros mismos.

Él ya me había hablado antes de ella, cuando la conversación se centró en su ex-novia tal vez debería haberme saltado alguna alarma.

Me contó que ella le había hecho mucho daño. Que era una puta que lo había dejado por una chica y que le había roto el corazón.

Yo por aquel entonces pensaba en mí misma como una feminista, aunque estaba dando mis pasitos hacia el movimiento estaba todavía muy alienada. Mi primera reacción fue compadecerme de él y darle la razón. No sé qué parte de verdad habría en lo que él me contaba sobre ella. Durante mi estancia allí escuché que tanto él como sus amigos la llamaban zorra continuamente al hablar de ella y a mí me dio igual…

Mi primera experiencia sexual real

Compadeciéndolo, comencé a besarlo y ahí comenzó mi primera experiencia sexual real. Algo que desearía no recordar. Al principio quería, no tenía duda de que quería.

¿Cómo iba a tenerle miedo si era tan guapo y tan dulce? ¿Cómo iba a dudar de la miel que soltaban sus labios mientras nos íbamos desnudando? Y si todo hubiera seguido así, si yo hubiera seguido sin miedo, quizás no tendría que contar esta historia.

El problema llegó a la hora de penetrarme. Hacer otras cosas me daba igual, pero la penetración —tener «sexo de verdad»… Como se suele decir en este mundo heteropatriarcal— me asustaba. Nunca antes había estado con un chico en esa situación y no me sentía preparada. A pesar de todo lo intentamos porque sentía que se lo debía.

Nada más empezar a intentarlo, supe que algo no iba bien.

Quise que parase

¿Tal vez no lo dije con la suficiente fuerza? ¿Puede que no me expresase con suficiente claridad?

Al parecer un “para, me haces daño” no fue suficiente para que dejase de intentarlo y hasta que no lo empujé no paró. De todas formas, ni a él ni a mí nos pareció lo suficientemente grave y hasta que él no consiguió su orgasmo no paramos. Por suerte no volvió a intentar penetrarme. En ningún momento se disculpó ni se preocupó por hacerme disfrutar. No me ofreció ningún cuidado. Terminó, me dio la espalda y se echó a dormir. Me recuerdo llorando silenciosamente aquella noche a su lado, sin entender del todo por qué.

Lo mismo se repitió durante los cuatro días que estuve en su casa. Cada vez que estábamos en su cama aquel parecía el objetivo. Su única excusa para actuar así fue que si no la metía del todo no era lo mismo.

Rompimos muy poco después de aquella visita. Ni siquiera fue por aquello porque yo no era consciente.

Ponerle nombre a lo que pasó: violación

No fue hasta hace poco que entendí todo este rencor que siento por él. Pude ponerle nombre a lo que me pasó durante esas noches.

Me avergüenza contarlo porque siento que no es lo suficientemente grave. Que no puedo llamarlo violación porque no me pasó en un callejón oscuro. Que no fue un desconocido sino aquella persona con quien estuve voluntariamente. Aún siento sus manos alrededor de mis muñecas intentando mantenerme quieta mientras él se abría paso por mi cuerpo a pesar de mis negativas.

No siempre son los lobos los que te atacan.

 

 

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