Tras la impotencia llega la rabia

Yo estaba en esa parada de autobús, en ese portal en Pamplona, estaba en un callejón oscuro, y en la habitación donde abusaron de una cría de catorce años. Yo estaba cuando mataron a la madre de dos niños de un tiro, porque un exmarido con ansias de poder pensó que si no podía ser suya tampoco sería de otro hombre. Yo estaba y me arrancaría los ojos si así no recordase las cosas que las mujeres hemos visto.

La impotencia de cada día

Espero no tener que volver a morirme de ganas de ver a mis amigos no por echarles de menos, sino por saber que estando al lado de dos chicos no te van a decir nada. Y aquí estamos, dependiendo una vez más de los hombres. Ese puto sentimiento de seguridad que te da ir por la calle con tus amigos, ese puto sentimiento de angustia al saber que nunca te sentirás así de tranquila yendo sola.

Sola. Calle. Miedo.

Yo. Puro empoderamiento. Si no me conoces y me ves por la calle, o en cualquier espacio piensas que seguridad y autoestima fueron conceptos que inventé yo, porque ya me he encargado personalmente de que eso sea lo que irradio. De mirada fija. No bajo la mirada a veces por pura arrogancia, y muy en especial cuando quien me la mantiene es un hombre, aunque esto algunos lo hayan leído como que quiero sexo con ellos. PERO. PEROOOOOO… Cuando voy por la calle, os lo confieso, muchas veces tengo miedo.

Cultura De La Violación

Del acoso callejero a la violación. Sólo nos queda luchar

La policía me despertó horas más tarde en el parking del local. Que cómo te llamas, que qué te ha pasado. De ahí al ambulatorio más cercano. Después, al hospital de la ciudad. Marcas de sujeción en los brazos. El labio inferior reventado por un puñetazo certero para hacerme callar. Anestésico para caballos en mis venas y una hemorragia de dolor incesante que me impidió sentarme con tranquilidad en las sillas de la facultad durante los muchos días que duró el calvario de remontar una violación.