Nuestra niñez patriarcal

Cómo la educación patriarcal nos hace creer desde pequeñas que lo único importante es encontrar a un hombre que nos quiera. Hace unos días encontré el diario que escribí a los 12 años. Absolutamente todo lo que escribía giraba entorno al sexo masculino, todo eso acompañado de algunos comentarios, obviamente negativos y denigrantes sobre mi físico.

No quiero

Ella tiene la culpa por aceptar. Que podría haber seguido diciendo que no. Porque claro, ni se piensa que ella puede tener miedo a que él se harte de ella, a que él la haga daño, o que ella puede ser que ni sea consciente de ese miedo, y sólo se sienta mal al hacerlo y no entienda por qué. Se nos enseña a nosotras a protegernos y que si no lo hacemos somos unas zorras en lugar de enseñarle a ellos a dejarnos en paz si decimos que no.

El matrimonio subversivo

Podríamos ver el matrimonio simplemente como un contrato de unión entre dos personas, pero a esta idea suele ir ligada la concepción de la familia en su sentido más tradicional y/o religioso: hegemonía de la heterosexualidad, jerarquización por sexo, reproducción como objetivo principal de la pareja, división sexual del trabajo… Cuando la institución del matrimonio nos suena a todo esto, es normal que haya personas a quienes nos den ganas de salir corriendo sólo de pensarlo. Por su puesto, tenemos la más que respetable opción de rechazarlo y no hacer uso jamás de este contrato pero, ¿y si apostamos por resignificarlo?

Mujeres rompiendo los roles de género

La sociedad, sólo por ser de género femenino, nos impone una serie de roles de género como son la cocina, los hijos, el marido, la limpieza, la dependencia, los cuidados en general, la sumisión, el sometimiento, los colores pastel, el parto, el dolor, el sufrimiento, el golpe, la agresión, la disminución de sueldo, la explotación… Podemos ser y hacer mucho más que eso. Podemos revolucionar y revolucionarnos.

Vivir el poliamor: de clichés y otros monstruos

Con el consentimiento y acuerdo previo de su mujer, nos embarcamos en una historia complicada pero no por ello menos enriquecedora para los tres, e incluso decidimos vivir juntos, en la misma casa, pese a que H. y R. ya habían formado una pequeña familia. No tenía ni idea hasta entonces de que existiera una forma de amar con tanta libertad que permitía saltarse los cánones establecidos.