«¡Sé una señorita!» Y demás mensajes contradictorios

 

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Autora: Natalie Foss | En Facebook

 

Me han contado que cuando yo nací y la familia se enteró de que era una niña (porque según la ecografía yo tenía un pene del tamaño de un pepino, se conoce) hubo quien se puso loca de contenta. «¡Tenemos una muñequita!» me contaron que dijo alguien. Yo salí del hospital con mi ropita y mis mantas de color azul. El azul ha sido desde siempre mi color favorito. Luego comenzaron a vestirme de rosa. El rosa es uno de los colores que más detesto (con honrosas excepciones tonales). Con el azul nadie tenía ningún problema, pero el rosa debía ser obligatorio. También me han contado que el pediatra, teniendo yo dos semanas o así, dijo después de examinarme en una revisión: «os ha salido rebelde, cómo se resiste». Y qué razón tenía.

La verdad es que no tuve mucho problema en conseguir los juguetes que yo quería. Tenía muñecas y Action Man. Tenía casas de muñecas y coches de juguete. Tuve todos los tipos de juguetes que quise (aunque no todos los que quise, pero tampoco me quejo) y solo recuerdo una vez en la que alguien me dijo que yo no podía jugar con algún juguete por ser «de chico»; uno de mis primos, siendo muy pequeños, me increpó porque yo quería para Navidades la Casa Encantada de Casper (que, al parecer, era de niños). Tuvimos una buena bronca por ello. Me la trajeron por Navidades.  Y mi primo y yo nos lo pasamos pipa jugando los dos, porque esas tonterías machistas hay a quien les duran poco, por suerte (y más siendo un niño en edad influenciable).

No me gustaba la ropa de niña. No me gustaban las faldas y los vestidos porque eran incómodos para correr y jugar en condiciones. Y bastante que me obligaban a llevar la falda del uniforme escolar. Solía ir muy masculina y muchos me increpaban: «¿vas a ser una marimacho cuando crezcas? Porque así no te echarás novio en tu vida», «¿por qué llevas ropa de chico si eres una chica?», «deberías comportarte como una señorita», «no te preocupes, yo también era una marimacho a tu edad, pero es una época que se pasa».

Me gustaba el fútbol por aquella época y la que fuese mi mejor amiga de Primaria jugaba conmigo; me daba mil vueltas, era mucho mejor que yo ya que entrenaba con sus amigos chicos, así que le pedí a mi padrastro que me enseñase a jugar y me entrenó llevándome al parque más de una vez con mi nueva pelota de fútbol (y mi nuevo inflador). Era bastante mala, así que decidí que era una estupenda portera (y lo era). Pero jamás quisieron aceptarme en el equipo de fútbol del colegio porque «con tantos chicos te vas a aburrir, que sí, que es mucho mejor que te vayas a baloncesto, que son todas chicas»… Y los muy desgraciados me apuntaron y yo cedí por la presión. Jamás asistí a ninguna clase de la rabia que me dio. En una de tantísimas fiestas religiosas del colegio me volví a apuntar a un «campeonato» de fútbol; en este sí había chicas, pero resultó que por mi culpa el líder de los chicos guay de mi clase se quedó sin entrar al equipo y no paró hasta hacerme sentir tan mal e inferior que le tuve que dar ese puesto a él por cojones «eres una chica, no vas a ser tan buena como yo, jamás has jugado al fútbol en condiciones» me dijo. No he vuelto a jugar al fútbol. Odio el fútbol desde entonces. Y la práctica totalidad de todos los deportes.

Crecí un poco más, me metí de lleno en la pubertad. Cuando tenía 10 años me creció el bigote y mis compañeros de clase se empezaron a meter conmigo día tras día, sin parar ni uno solo, me llamaban «Cristian» y otros apelativos más bien ridículos. Mi madre me intentó quitar el bigote con cera y me dolió tanto que pasé de volver a intentarlo, y como no me dejaba decolorarmelo, pues tuve que pasar todo ese año soportando las burlas y volviendo más de un día a casa llorando y suplicando el cambio de colegio.
Pocos años más tarde, me regalaron un vestido la leche de chulo, vaquero y con peto. Adoro la tela vaquera. Me lo puse sobre una camiseta de manga corta roja y unas deportivas y os juro que me sentí la chica más guay del mundo por tener semejante prenda. Llegué al colegio toda contenta y salí de allí llorando porque me habían llamado monja por ser la falda hasta la rodilla y puta porque la falda tenía una abertura que dejaba ver mi pierna unos centimetrillos más allá de la rodilla. Tenía 12 años. Ese mismo año unos compañeros descubrieron que ya me había bajado la regla y se dedicaron durante meses a abrirme la mochila y pegar mis compresas por las paredes, haciéndome sentir muy humillada y asqueada por lo que me pasaba, en aquella época de descontrol hormonal, cada dos semanas.

Y entré de lleno en la adolescencia. Ya no vestía tan «marimacho» pero sí que desde luego no iba «femenina» ni mucho menos. Me seguía negando a ser una «señorita». Mi madre me perseguía con el rollo de «te tienes que empezar a cuidar la cara, toma este tónico, ponte crema, depílate, pero por Dios, depílate, tienes que hacerlo por ti, me da igual que no tengas novio, es por ti, ¡que te depiles, que pareces una guarra!».
Y en el círculo de amigos y compañeras de clase: «¿aún no tienes novio? Se te va a pasar el arroz, que ya tienes 15 años, qué estrecha», «¿que tienes 15 años y aún no te has besado con ningún chico? ¿Ni haciendo el tonto?». «Ay, chica, lo que haría yo si tuviese tu pelo… Si lo tienes tan bonito. ¿Por qué nunca te haces una coleta? ¿Por qué nunca te arreglas un poco? ¿Por qué no te pones falda? ¿Por qué no te vistes un poco más provocativa?» (lo mejor de todo es que sí que me hacía coletas los fines de semana, pasé mis 12 y 13 años experimentando peinados, las faldas las reservaba para el verano y no me vestía provocativa porque simplemente no salía de mi).

Cuando tuve mi primer novio a los 16 y al mes me acosté con él, las mismas personas que me habían llamado estrecha menos de un año antes comenzaron a llamarme puta, a decir «joder con la mosquita muerta», a soltar barbaridades del calibre «si ya te has acostado con él no entiendo que no se la chupes» y cuando ya lo hice «miba zoy quistina y dengo la poia de (X) en da boga» (haciendo el gesto de estar chupándosela a alguien), «¿te crees mejor que yo porque le chupas la polla a tu novio?», «tú, que eres una puta pringada y te acuestas con uno antes que yo, pareces una puta». Y podría seguir. Fueron 11 meses muy duros en ese aspecto, hasta el punto de que un día me eché a llorar delante de mi padre, que como siempre me aconsejó a la perfección en una de sus charlas de cómo debía hacerme respetar (no usando jamás la palabra puta para referirme a una mujer, por ejemplo) e hizo que me sintiese un poco mejor, diciéndome que aunque follara por dinero nadie tendría derecho a insultarme y que aunque había empezado un poco pronto eso solo era asunto mío y de nadie más, pero yo seguía sintiéndome una zorra por querer tener sexo, me sentía culpable por querer tener placer más allá de mi misma (por lo cual, por cierto, también era una guarra según mis amigas). Me costó dos años reconciliarme con el sexo.

Cuando ya me acercaba a la veintena, en los años previos había comenzado a maquillarme para salir con los amigos. «¡Ay, por fin!», ¡»Ay, qué guapa!», «Espera… ¿Te has maquillado tú sola? ¿Así de bien? ¿Tú, que eres una pringada y una marimacho?». Pero mi maquillaje parecía ser más o menos aceptado, aunque no lo usaba de seguido. «Con lo bien que te queda el maquillaje, ¿por qué no vas siempre así?». Pasaron los años y aprendí a maquillarme en condiciones. Era una de esas cosas que siempre me llamaron la atención y que había dejado aparcada por considerarlo de «niñatas superficiales», pero decidí pasar del tema y aprendí a ponerme más mona que la propia Lauren Bacal e Ingrid Bergman juntas. Me depilé las cejas, me comencé a pintar las uñas de seguido, salía a la calle casi todos los días con lápiz de ojos y rimmel, alguna vez con pintalabios, me compré un vestido gótico, sombra de ojos negra… Mi novio de aquel entonces y algunos amigos chicos me dijeron: «por Dios, quítate ese maquillaje, estás más guapa al natural», «las tías que se maquillan son unas superficiales», «menos mal que no te das pote porque no te dejaría». Y así. En mi familia: «vas como una puerta», «pareces un esperpento», «pareces Morticia Adams», «ay, por Dios, ese pintalabios te queda fatal», «ay, por Dios, parece que te has pillado los dedos con una puerta», «ay, por Dios, ¿no había un color de uñas más feo en la tienda?», «¿Por qué te has cortado el pelo? Con lo bonita que era tu melena», ¿por qué te has depilado las cejas? Con lo bonitas que son».

Y ya desde hace un tiempo: «no pienso comprarte esa revista, qué asco joder, la Cosmpolitan», «¿cómo puedes leer esas mierdas de moda?», «me da igual que sea de maquillaje, es una basura», «¿por qué no te sigues comprando las revistas de guitarras? Bueno, pero es que no tienes 6 euros?», «ay, por fin te veo con una revista que no es de moda… No, no te pongas así, que últimamente solo tienes de moda y maquillaje… Vale, sí, tienes aquí una colección gigante de Guitarrista, Acordes y Rolling Stone, pero hace mucho que no te veo comprar una de esas», «pues para comprarte la Rolling todos los meses solo te veo con las de moda, además… ¡qué puta mierda es esa de la revista Rolling Stone! Compra alguna que no esté escrita por imbéciles».

Y más reciente:

«¿Que ahora eres feminista? ¿Y los hombres qué? FEMINAZI».
«Tía, no empieces otra vez» (en referencia a decir de un tío que es guapo por haberle puesto los cuernos al que fuera mi novio hace casi 3 años).
«Deja de quejarte de una vez, eres una exagerada».
«Tienes que conservar a tu novio sí o sí, es que me muero si os separáis y te quedas sola».
«¿Y tu novio qué opina de que lleves ese escote?».
«Si no dejas de estar mal todo el tiempo tu novio te dejará, porque él es un tío que ha estudiado y que tiene ambiciones y no querrá cargar con alguien así durante el resto de su vida».
«Espera… ¿Que no le has hecho la comida a tu novio para el trabajo? Qué hija de puta eres, si te pasas el día tocándote el coño».
«Pues no entiendo cómo te cuesta tanto encontrar trabajo. ¿Piensas dejar que tu novio te mantenga siempre?».
«¿Pero qué pasa? ¿Que ahora te gustan los coches?» (me han gustado toda mi vida).
«Muy bonito el regalo hand made que me has hecho, pero ya si lo hubieses pagado con tu dinero y no con el de tu novio…» (lo había pagado con mi dinero).
«Ya, ya sé que sabes arreglar un ordenador, pero me fío más si lo hace tu novio, que ha estudiado eso» (pasar un antivirus y descargar algunos programas útiles, ya ves, qué sabré yo).
«Deja, ya llevo yo las bolsas. Joder, cómo te pones, anda, toma una que no pesa».
«Espera, que llamo a tu primo para que te monte esa estantería».
«Que en tu clase siendo la única chica te tratasen de forma distinta no es de machistas, es que los chavales a esas edades solo son gilipollas. Ah, que eran los profesores… ¿Y no lo denunciaste? ¿No te quejaste al menos? Ah, que sí… Pues me parece muy raro, algo harías mal».
«Que no te dejasen usar un destornillador en el taller no es de machistas, por lo menos te quieren ayudar».

Ser una «señorita» es bastante jodido.

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10 thoughts on “«¡Sé una señorita!» Y demás mensajes contradictorios

    1. Recuerdo que cuando me regalaron mi coche, al parecer a los chicos de mi grupo les pareció un cochazo, pero precisamente por ser yo la que iba a conducirlo me dijeron varias veces con una sonrisita: No es mucho coche para ti???

  1. La historia de muchas de nosotras. ^^. Yo encima tuve una madre que endiosaba a una de mis primas, que terminó siendo peluquera. Quería que yo fuera una señorita, maquillada y peinada, con las piernas cruzadas y buenos modales. La pobre…no me vio ni con tacones.

  2. Me siento profundamente identificada con todo lo que dices, aunque hay detalles esenciales que cambian en mi historia. A mí sí me gustaba la ropa de niña, los vestidos y las faldas, y me encantaba escalar y jugar a correr. Entonces ahí me decían: si corres con eso se te va a ver todo, y eso no es bonito.  A los doce me llamaron puta hasta que acabé primaria porque miraba a los ojos desafiante y me gustaba jugar a la botella. Soy peluda y me han llamado guarra hasta la hartura porque tengo pelo en los brazos. Si me maquillo puta y superficial, si no lo hago sosa y aburrida. Si bailo mal porque provoco, si no lo hago mal porque soy una estrecha. Si le digo a mi mejor amiga que su novio no puede enfadarse cuando se arregla «porque no quiere que nadie la vea tan guapa» me dice que ya pero que le quiere y que no comience con mi mierda feminista.

    Todas nuestras historias son diferentes pero son la misma. Todas son la historia de una lucha, una lucha que no se va a parar. Fuerza!

  3. Totalmente identificada, excepto que yo no conseguí juguetes «de chicos» más allá del Exin Castillos… Quería un Scalextric y los Reyes me trajeron la p*** cocinita… Una cocina de ensueño para la época, pero cómo la odié y cómo la odio.
    A tu historia podría añadir muchos más años: lo que aguantas en el trabajo y las zancadillas que te ponen, la edad «se te va a pasar el arroz, te quedas para vestir santos, a tu edad te sigues vistiendo así, que eres una profesora, vístete como una señora…» y luego la lucha en casa, los hijos, dejar el trabajo, ¿cómo has dejado el trabajo?, señora tenemos aquí a sus niños en el colegio y nadie ha venido a recogerlos, ah se me olvidó (su padre) es que tenía mucho trabajo, señora venga a buscar a su hijo que tiene fiebre, cariño yo no puedo tengo trabajo vete tú como siempre (¿y me salgo en medio de un examen?), las mamás que vengan los jueves por la mañana a coser los trajes del espectáculo (¿perdóón?) …
    Pero lo peor: Tener que soportar ahora en mis hijos (varones) los comentarios al revés. Eso es de niñas, eres un mariquita, no puedes llevar una camiseta rosa, los niños no lloran, ¿que te gustan las Monster High?, mejor haz judo o fútbol o boxeo (pero mi hijo quiere BAILAR), deja ya los peluches, ¿ya tienes novia?, tú las vas a traer a todas locas, di que sí juega con las niñas verás cuántas novias, a ellas les gustan los niños sensibles, no juegues con las niñas eso es de marifloris, los niños no cocinan, los niños no se pintan las uñas, los niños no, las niñas sí, los niños esto, las niñas aquello.
    ¡¡¡¡¡¡BASTA!!!!!

  4. La verdad qué gente de mierda con la que te ha tocado tratar, no podían encontrarle sentido a sus propias vidas que se metían tanto en la de alguien más.

  5. Yo era una niña muy sumisa, pero no en un sentido sexista. Siempre he sido una muchacha muy tímida y perezosa, pero aún así no me puedo perdonar el no haber defendido a mi hermana de ese tipo de comentarios antes. Mi primo la llama «machorra» y se escandaliza cuando le compran ropa para «hombre». «¡Se va a hacer lesbiana, llévenla con un psicólogo»! Ella tiene sólo 11 años. Detesta llevar vestidos por naturaleza (porque no entiende del feminismo) y recuerdo como con tres años mi familia la obligaba a usarlos porque es una niña y así debe ser. Hoy, con dieciséis años tengo que hacer frente a toda una familia de machistas para protegerla.
    Ojalá el mundo se pudiera interesar por sus propios asuntos.

  6. No se como he llegado aqui pero… Caray!
    Yo tuve la casa de casper, siempre me han llamado basta.
    Al parecer una mujer no puede eructar, ni puede decir hostia, joder y la puta! Eso es ser basta.
    Y tan orgullosa de ser basta.
    También jugaba en el colegio con los chicos, pero la «marimacho» era otra, ya que a mi de vez en cuando me gustaba jugar a las cocinitas… Siempre tuve una alfombra de coches, las muñecas poco más que en la caja y me gustaba la música heavy, me dormía con ac/dc…
    Luego cambié.. por la presión de mi querida abuela supongo…
    Y aquí estoy, orgullosa de volver a ser una basta! 😉

  7. Hola! Yo no tuve problemas con las cosas de»niñas» o «niños» En la parte sexual, cuando se empezó a hablar de mi… la verdad no hice caso. Seguí.
    Respondí una vez que me tomaran como un buen hombre: trabajo todo el día, cuido a mi hijo (si, quede embarazada joven y no, no lo aborté) pago mis deudas, tengo la casa limpia, vivo solo y me hago cargo de mi pequeño totalmente… vamos soy un partidazo! Que habría de malo en que me echara un polvo con una que otra tía???? Sí, Use tacones. Sí, me pinte las uñas y no perdí neuronas en el intento. Conocí un súper hombre que jamás se ha parado a decirme una cosa acerca de mi pasado (que cuántos hombres tuviste o que se yo) cuando leo historias de este tipo, escritas por españolas, de verdad me llama la atención. Como sudamericana (de lo más austral del mundo) no pensé que fuera así en España, siempre me imaginé menos machismo que en mi Chile, pero cada vez me convenzo que no es así.

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