El día que alguien pensó que sería divertido llamarme chichona

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Ilustración: Debi Hasky

Muchas veces a las mujeres se nos ve como las frágiles, las que hacen drama por todo, las escandalosas… y no se ha puesto especial atención en lo valientes y fuertes que somos. Día con día tenemos que vivir con situaciones que no son exactamente de nuestro agrado, pero que forman parte de lo que es “normal” en la sociedad.

Nacer mujer es difícil, nacemos en un entorno el cual está diseñado ergonómicamente para hombres. Pero ahí estamos las mujeres brujas tratando de sobrellevar lo que rige la sociedad, conteniendo nuestra fuerza para no hacer notar nuestra magia y que los hombres bestiales no arremetan contra nosotras y nos lleven a la hoguera. Y al darme cuenta de que recorremos a la sumisión como autodefensa, me hace sentir que seguimos atascados y vivimos en otro siglo, no éste.

Ese pensamiento lo tuve toda la tarde en la mente, surgió justamente poco después de que una bestia me gritara: ¡chichona!

Era una tarde lluviosa, era casi una tormenta. Estaba caminando con mi amiga por los pasillos de la escuela que aún no se inundaban, cuando de repente vi un grupo de varones mirarnos fijamente mientras nos acercabamos a ellos. Un segundo después, justo cuando los dejamos atrás, un ingrato me gritó ¡chichona!

Supe que el grito había sido dirigido hacia mí, ¿qué hice? Nada. Todo pasó muy rápido, tal vez eso me impidió razonar, tal vez la cantidad de hombres que estaban en el grupo me intimidó, o tal vez el saber que no podía hacer nada fue lo que me impidió reaccionar. Y es que, ¿qué hago?, ¿le reclamo, le mento la madre, le grito? Puedo mirarlo con cara de odio como esas que solo yo se hacer o puedo fingir que su comentario grotesco y fuera de lugar no tuvo importancia.

Pues si, eso es lo que hice, fingí que su comentario no causó reacción en mí y que no tenía importancia, pero la verdad es que sí, si la tenía. Fuí víctima de una falta de respeto y una humillación pública aunque suene exagerado; y eso que estaba en la escuela. No en el metro ni en la calle pasando frente a una construcción, no estaba en una cantina barata, ¡estaba en la escuela! Y en la escuela alguien pensó que sería divertido y nada trascendental gritarle algo a una mujer. Pues si, si lo fue, tal vez para él no tuvo importancia, pero para mi sí. ¿Por qué alguien cree tener el derecho de gritarme cualquier cosa faltándome al respeto? ¿cree que me agrada? ¿cree que es divertido? ¡No! No lo es.

Y esa experiencia me recordó a muchas más que he tenido y que todas las mujeres tenemos diariamente, bautizadas bajo un nombre tan inofensivo. Los piropos. Los benditos piropos. Esas expresiones tan finas que los hombres hacen a las mujeres para expresar los deseos más profundos de su ser. Si le preguntamos a las mujeres acerca de los piropos, estoy segura de que a todas nos molestan. Cuando me dicen un piropo en la calle, me siento tan mal, es una sensación de molestia con el mundo entero, me siento tan vulnerable y tan incomprendida, que entra en conflicto el hecho de que los piropos son para adular o para ultrajar a una mujer.

No sé qué piensan los hombres que creen que al decirnos “mamacita”, “muñeca hermosa”, “adiós chiquita”, nos hacen sentir bien o halagadas. Al contrario, en lo personal me causa repulsión, rechazo, odio…

Y lamentablemente no se queda ahí, no se queda en un simple piropo, muchas veces trasciende a miradas desnudantes, roces “accidentales”, toqueteos sin consentimiento en lugares públicos y qué decir de la violación. Pequeñas o grandes, son formas de violencia hacia las mujeres a las que de cierta forma ya estamos acostumbradas y algunas veces la sociedad nos culpa de ello. Nosotras nos lo ganamos por caminar “así”, por comportarnos “así”, por vestir “así”, por sentarnos “así”; lo que sea que nos suceda es solo nuestra culpa.

Y aún en estos tiempos los hombres siguen tranquilos por las calles, pensando que el mundo les pertenece y que nosotras estamos de adorno, pero lamento decirles que no es así. Las mujeres al igual que los hombres somos personas que merecen respeto y un trato digno, no fuimos creadas con el fin de entretenerlos ni de deleitarles las pupilas.

*Originalmente publicado en Cuarto Celeste*

About Karla Marín

22 años, amante de los gatos y el café, obsesionada con las redes sociales y potencial alcance que éstas tienen.

5 thoughts on “El día que alguien pensó que sería divertido llamarme chichona

  1. Me recuerda a una vez que, volviendo de fiesta, una chica que caminaba detras de mi fue ofrecida ser llevada en un coche, por preciosa; al responderles la chica que no, comenzaron a llamarla puta, cerda, desagradecida… ¿Desagradecida de que? ¿De rechazar la “generosa invitación de dos caballeros desconocidos que se ofrecieron con su buena voluntad (y gasolina) a llevarla a casa”?

    Y duele, porque sabes que por dentro esa chica se siente como mierda, porque no puede hacer nada, y solo le estaban haciendo un flaco favor, porque la habían llamado preciosa y claro, se habían gastado sus piropos en ella, ¿como tiene la desfachatez de rechazar semejante invitación?

  2. Una vez fui a un evento a la facultad de mi novio, la cual colinda con otras. Ese día me había puesto tacones y una falda corta por delante y larga por detrás. Cuando ingresé por la entrada a las facultades de Matemáticas, Meteorología y Física (mi novio estudiaba Administración) me fijé en que había un grupo de hombres mirándome desde un balcón, pero no le di importancia porque iba acompañada de mi novio y de mi suegra. Pero eso no les importó; no recuerdo qué me gritaron, pero sí que fue respecto a cómo iba vestida y la humillación y lo desprotegida que me sentí: no sólo estaba acompañada de mi usual “guardián” (aunque es cierto que cuando son muchos, les vale que estés acompañada de un hombre), sino de mi suegra, una mujer mayor, de autoridad “moral” (en México se reverencia mucho la figura de la madre)… además, aunque estudiaran otras carreras, ¡eran mis compañeros! ¡Estudiábamos en la misma universidad! ¡Compartíamos alma mater! Jamás me había sentido tan traicionada.

    Añado que sé, pues lo he constatado, que la ropa no causa el acoso, ni mucho menos una figura “perfecta” ni la belleza canónica. Lo que lo causa es esa creencia asquerosa que tienen algunos hombres de que tienen potestad para opinar sobre nosotras, sobre nuestros cuerpos y sobre lo que podrían (!) hacer con ellos. Todo un asco… Sin embargo, gracias, gracias por escribir esto. Y te agradezco porque tengo la firme convicción de que cada vez que alguien denuncia estas conductas, algo mejora.

    1. Estoy de acuerdo contigo en que la “ropa o la belleza exuberante” no propician el acoso, ya que de igual forma me han faltado al respeto andando “arreglada” o con las peores fachas del universo. La cuestión aquí es la educación y el hecho de que los hombres se sienten poderosos opinando sobre nosotras. Muchos hombres no creen que el acoso callejero exista, para ellos solo es dar su -valiosísima y necesaria- opinión sobre nosotras, pero no creen que tenga repercusiones. Considero que nosotras como mujeres estamos haciendo bien al contar nuestras experiencias y expresar la forma en la que nos hacen sentir sus finas palabras, ya que es una forma de comunicar que los piropos NO NOS GUSTAN, y de eliminar ese mito de que los piropos halagan a la mujer.

      Saludos y gracias por leer! <3

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