Me armé de sororidad y se deshizo el miedo

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Ilustración: Loish

 

La primera agresión sexual que recuerdo la sufrí con 8 ó 9 años. Fue por parte de un familiar, esa mano en la que confiaba no se detuvo en la rodilla. Aprendí a evitar estar a solas con él.

Mi madre solía llevarme al instituto antes de que éste estuviese abierto y yo tomaba café todos los días en el bar de al lado. Una mañana el camarero cerró la puerta sin que yo me diese cuenta, me llamó a la cocina, me estampó contra la pared, empezó a manosearme mientras me decía “es que me pones a mil”. No recuerdo cómo me zafé. Recuerdo el miedo. Y el asco. Recuerdo que me abrió la puerta y que salí corriendo. Tenía 15 años. Aprendí a evitar estar a solas con “desconocidos”.

Con 18 años mi novio me violó. Aprendí a sentirme avergonzada y culpable. Aprendí que un “NO” podía valer una mierda dentro de una relación.

Viví tres años con un maltratador. Sólo me di cuenta cuando me puso la mano encima la primera vez. Para entonces ya había construido un mundo alrededor de sus celos, su dependencia y sus inseguridades. Me costó muchos “puta”, una segunda agresión física y un abandono cuando un embarazo ectópico casi acaba con mi vida salir de ahí. Aprendí que a mí también podía sucederme.

Un compañero me invitó a un tiro de coca. Al salir del baño me cogió, me tiró en la cama, con una mano apretaba mi cuello y con la otra se abría camino entre mis piernas. Pude quitármelo de encima. Aprendí a drogarme sólo cuando la droga fuese mía, el precio que te hacen pagar algunos es demasiado alto.
Tenía un buen amigo. Fuimos novietes en la adolescencia y nos reencontramos de adultos. Uno de esos reencuentros fue en una fiesta en casa de un amigo común. Me levanté para ir al baño y al salir le encontré en la puerta. Empezamos a hablar, él estaba pasando por un mal momento. Nos sentamos en el borde de la cama y, de pronto, sentí sus 90 kilos de peso encima. Me decía cosas al oído, me baboseaba, me manoseaba, se restregaba. Amenacé con ponerme a gritar, con contarlo en la fiesta, me dijo que nadie me creería… pero se apartó y me dejó ir. Aprendí a no quedarme a solas tampoco con conocidos.

Un día, tímidamente, empecé a hablar con otras mujeres. A abrir de nuevo todas mis cicatrices para curarlas bien. Aprendí a no sentirme culpable, aprendí que el mundo nos enseña a nosotras a evitar ser violadas o violentadas y aprendí lo radicalmente injusto de esta realidad. Aprendí que casi cada mujer con la que hablo puede contar al menos una experiencia parecida a las que he relatado. Aprendí que las mujeres no son mis naturales enemigas. Aprendí a desmontar el mito de la competitividad entre nosotras y aprendí a tejer alianzas, poderosas alianzas basadas en la sororidad. Aprendí que juntas podemos crear un mundo nuevo basado en una manera diferente de relacionarnos. Aprendí que ponerme las gafas moradas me daba una poderosa herramienta para combatir al patriarcado.

A mis hermanas. A mis amigas. A mis compañeras. A todas vosotras. Gracias.

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