Polvo, dolor y muerte

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Fotografía: Belén Lobos

Vidas perdidas. No hablo de muertes, hablo de vidas que se pierden. Vidas irrecuperables. Hay gente que lleva años atascada entre dos fronteras, esperando que mañana sea el día en el que se abren las puertas. Esperando llegar mañana a su hogar, sabiendo que aún les quedarían muchos años de adaptación y pobreza, pero con un techo. Hay quien lleva años esperando la estabilidad, la paz.

Hay gente que huyó de su país y no encontró más que miseria, parálisis y espera. Personas que viven en un descampado. Que no pueden estudiar, construir, tener citas o salir a cenar, porque no tienen ni cena. Desde el día en el que escucharon la primera explosión, han estado tomando decisiones límite. Luchar. Huir. Escapar. En barco, o por tierra. Corre.

En Septiembre, Europa se los estaba repartiendo como cromos. Estoy segura de que les llegarían noticias. Estoy segura de que una madre con su pequeño en las rodillas, revisándole el pelo en busca de garrapatas, mirándole las costillas, cada vez más prominentes, recibió la información. “Se os están repartiendo, cada país acogerá a un número. Ya queda poco”.

La imagino quedándose helada. Mirando la cara de su pequeño. Las lágrimas asomando a sus ojos, y ella intentando retenerlas, porque no quiere creérselo. La imagino soñando sobre la suerte que correrán. Imaginando a sus hijos en un colegio. Poniendo la mesa. Recibiendo en sus camas un beso de buenas noches. Y la imagino mirar a su alrededor, y recordar a toda la gente que vio morir en el camino. Imagino ese impulso creativo que te lleva a soñar, a pensar, a hacer planes, desperezándose después de años paralizado.

 

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Fotografía: Cáritas Internationalis

No imagino su cara tras el atentado de París. No puedo. Su mirada a su hijo. Su pecho roto. Su angustia. “que no pase nada, que no pase nada, que no pase nada” como un mantra.  Su desesperanza, cuando pasan los días y no llegan noticias. La negociación se paraliza. Y mira alrededor, como si el polvo, el dolor y la miseria le fueran extraños. “No debería estar aquí”. Un grito incontrolable que se forma en su estómago, en su pecho, en su útero. NO DEBERÍA ESTAR AQUÍ.

Los refugiados llevan desde Septiembre pensando que iban a ser realojados. Llevan 6 meses de crudo invierno, hacinados en campos. Viendo a su gente morir. Repartiendo la comida entre las mujeres lactantes, para que puedan alimentar a sus retoños. Apretándose entre ellos para darse calor por las noches. Entre charcos, cucarachas, llantos, enfermedades y muerte.

Pero no han sido sólo 6 meses. Para muchos, son años rebotando de frontera en frontera. Encontrando vallas y pinchos. Y, antes de eso, viendo su ciudad caer, ser destruida por las bombas. Viendo a sus amigos morir. Durmiendo con las mochilas preparadas, por si tenían que salir corriendo. Sacando a sus hijos de la escuela, porque podría ser el próximo objetivo. Y mirándoles, con la angustia en el corazón, preguntándose si conseguirán mantenerlos con vida. Y qué vida será esa.

Y luego: la calle, el frío. El camino interminable, eterno. Día tras día, hora tras hora. Noticias de que en la próxima parada habrá gente que va a fletar un barco. Tal vez una minúscula barca de la que caerá tu hijo. Habrá comida. No mucha. Nunca suficiente. A unos kilómetros hay otro país. Tal vez una valla que te echa una vez llegas, por fin, a tu destino. Y otra valla. Y conseguiste entrar, pero te encontraron, te metieron en un tren. Te echaron, y a andar otra vez. Polvo, dolor y muerte. Polvo, dolor y muerte. Cada día.

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Fotografía: Valdrin Xhemaj – EFE

En estos cinco años, he conocido a mi pareja. Al principio pensaba que no funcionaría, pero llevamos todo este tiempo juntos. Guardo incontables recuerdos felices. Ahora vivimos juntos. He hecho cinco obras de teatro, y de cada personaje me he llevado algo. He tenido tres trabajos distintos, y períodos sin trabajo. He viajado. Mucho. He hecho planes que se fueron al carajo, y otros que funcionaron, todos con una ilusión desbordante. He estudiado una carrera. He salido, reído, llorado. He vivido y amado y dormido tranquila, en una cama calentita, en una casa minúscula, pero mía. Cinco años de una vida.

Pero hay quien lleva cinco años mirando al horizonte, caminando. Esperando que ese sea el horizonte en el que le espera la vida que ha dejado paralizada. Si esa gente muere hoy: ¿Cuándo murió realmente? ¿Cuántos años hace que no tiene vida? Cinco años de una vida. Cinco años de polvo, dolor y muerte.

Cinco años así, que pueden convertirse en siete, ocho o diez. Porque les hemos dejado entre dos tierras.

Y no puedo evitar pensar que envidian a los belgas. Mucho. Porque siempre será mejor vivir tu vida hasta el último segundo que verla agotarse poco a poco, hasta que ya no queda nada. Ni sueños, ni esperanza. Ni amor para dar. Ni comida siquiera.

Y yo estoy aquí, parada. Pensando en que quiero mudarme. Y quiero un perro, y una moto. Y dentro de unos años, voy a tener hijos. Y no estoy haciendo nada. A ver cómo les explico a mis hijos que vimos repetirse Auschwitz mientras nos comprábamos motos. «Salimos a las calles porque nos robaban, hija». Pero no salimos porque les mataban. No hicimos nada. Y mi hija pondrá la misma cara que puse yo cuando supe que habíamos permitido el holocausto. La misma vergüenza terrible, el mismo dolor culpable. “Ya nunca más”, me decía yo. “Nunca más permitiremos algo así”.

Salgamos a las calles. Tomemos la puerta de Sol. Luchemos, gritemos, exijamos que abran las fronteras. Hagamos algo, joder, que sus vidas se pierden. Que se pierden sus hijos, sus amigos, sus amantes. Que nuestros gobiernos los están masacrando. Que son nuestras armas las que los matan. Que somos nosotros quienes lo permitimos.

Que nuestros hijos nos miran, y los suyos mueren.

 

About Ro de la Torre

Aparejadora, actriz de teatro amateur, por lo visto ahora tengo un blog. No me resisto a nada que implique buena compañía y cervezas. La protesta pacífica no es mi rollo, soy más de tocar puntos sensibles. Me implico. Mucho. En todo.

7 thoughts on “Polvo, dolor y muerte

  1. Mucho imagen de mujer y niño pero según ONU un 75% de refugiados son varones, lo cual no se ve reflejado en los medios de comunicación.

      1. En vuestro artículo, sólo se puede ver las imágenes de niños y mujeres, lo mismo pasa en mayoría de medios de comunicación que pertenecen a «main stream». Pero es que 75% de refugiados entrantes en Europa son varones…

    1. Ostias, es verdad! Pues entonces dejemos que se mueran, o que malvivan, qué más da. Tu comentario me ha dado un asco infinito. Das asco. Mucho asco.

  2. Yo entiendo tu postura pero no puedo evitar sentirme dividida. No creo que la solución sea repartirlos por Europa, sino que se arregle su situación en su país y puedan quedarse allí. Eso si podemos hacerlo pero parece que no interesa. Si, son vidas humanas y necesitan ayuda para sobrevivir, pero ¿después de ayudarles qué? ¿Pasarán a formar parte de nuestra sociedad? ¿Contribuirán a ella? ¿Les ofrecermos casa, comida, prestaciones para vivir eternamente? ¿O hasta cuando? ¿6, 12, 24 meses? ¿y después qué? Ya se que estas preguntas suenan a «eres una racista» «eres una facha»…. Pero es que a mi me surgen esas dudas. Y nadie me las responde.  De las personas que tengo al lado que dicen «welcome refugees» ninguna  acogería en su propia casa a una persona desconocida.  Excusas de todo tipo: «ahora mismo no podría, no tengo sitio físico», «uff, mi situación ahora es complicada no puedo hacerme cargo de nadie». Y todo así. Pero está muy mal pensar lo contrario. Y apelan a «vaya verguenza, que asco de sociedad». O sea, doble moral. Hay que ayudar pero «a mi ahora mismo me viene mal». Yo no acogería a alguien desconocido en mi casa, lo pienso y lo digo. Pero ni a un sirio, ni francés ni español.  Ahora mismo, deberíamos ofrecerles ayuda básica, pero posteriormente intentar solucionar su problema, sobre todo los paises que contribuyeron a que su situación sea la que tienen.

    No, el odio no soluciona conflictos, más bien los agrava. Nos manipulan para que nuestra opinión vaya por un lado u otro. Para que te duela más esto o lo otro, para que salgas a la calle por esto o aquello. ¿Tener miedo a los musulmanes? Pues igual que a las demás personas que delinquen. ¿Que hay miedo a lo desconocido?¿A una cultura que desconoces y que en su extremo es peligrosa? Pues oiga, como humana que soy, efectivamente lo tengo.

     

    1. Precisamente estoy buscando con mi pareja un piso con otra habitación, para poder ofrecerla en caso de que se abran las fronteras.

      Para mí, todas esas preguntas vienen «después». Después de haberles puesto a salvo. «Prestaciones», «Ayudas», «Plazos»… son palabras de la Administración, del Gobierno. Del mismo gobierno que masacra. Eso son sus cosas, que se entiendan ellos. Yo entiendo de compartir comida y techo, de buscar trabajo, de salir juntxs adelante. Y no voy a ceder ni mi casa, ni mi ayuda ni mi comida durante «24 meses». Lo haré el tiempo que haga falta.

      Y luego ya hablamos de situaciones legales, cuando no se estén muriendo.

  3. Me parece genial encontrar personas que estén dispuestas de esa manera porque yo no sería capaz.  No he dicho que se les niegue la ayuda, que se les deje morir. Quizás me hago esas preguntas porque trabajo en asuntos sociales de mi Comunidad Autonóma. No son sus cosas, al final son nuestras cosas, de todos. Está claro que hay que encontrar una solución satisfactoria y viable para todos.

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