Ser mujer

Feminismo ser mujer patriarcado
Ilustración: Bloodykirka

 

El otro día Hélène Cixous me recomendó que escribiera. Que me contara en público, decía. Que ya está bien de que solo sean los hombres los que nos escriben, que lo hagamos nosotras también.

Fue mientras leía su libro La Risa de la Medusa. Los hombres han escrito la historia, han escrito los libros, han descrito a los héroes, y las mujeres hemos sido siempre representadas en la pasividad, en la compañía o en el detonante de diferentes desgracias, pero pocas veces como las heroínas o salvadoras de nada. Esto determina que al final, si la mujer tiene que escoger un referente, si desde pequeña se fija un objetivo al que parecerse –sin que éste sea su madre, su tía o su profesora, que se reducen a su círculo primario de socialización– muy probablemente será un hombre, pues son los que protagonizan los escritos.

Defiende Hélène Cixous que por esta razón la mujer ha adquirido la capacidad de desdoblarse de su propia personalidad: la capacidad de ser muchas a la vez que ella misma, y mete en valor esta capacidad exclusiva nuestra que al hombre le resulta tan difícil de adquirir. –O al menos a la mayoría de los hombres. Solo los más valientes se atreven. Y los homosexuales, claro, que al final son los más valientes de todos, pues se atreven a romper el mayor tabú que les impone la sociedad heteropatriarcal: el ser tachados como maricones–. Y llama Hélène Cixous «bisexualidad» a esta capacidad. Una bisexualidad en la que solo la mujer se reconoce, por haberse visto reflejada en diferentes actitudes, generalmente representadas por hombres.

Aclaremos, para evitar malentendidos, que la palabra bisexualidad se utilizará en este texto en la misma acepción que lo hace Cixous en su ensayo, es decir, como la capacidad para aceptarse de un sexo y del otro, y no en la acepción de sentirse atraída tanto por un sexo como por el otro.

Más allá del término, me llamó la atención la reflexión de Cixous. Y oye, claro que sí. Es verdad. Nosotras nos reconocemos entre ellos desde el principio. Desde pequeñas podemos sentirnos atraídas por las mismas cosas que nuestros compañeros del género opuesto. Al final, será la educación la que nos condicione a sentirnos de tal o tal manera, pero en principio ninguna de nuestras actitudes nos diferenciará de ellos. Será sobre todo en la pubertad, cuando nos ataquen las hormonas, cuando empezaremos a sentirnos diferentes. Y es ahí cuando empieza nuestra bisexualidad. Una bisexualidad que se incrementa por el hecho de que la sociedad nos aplauda ciertos comportamientos generalmente definidos como “masculinos”, mientras repudia al hombre que se comporta de manera diferente a lo que se espera de él por su sexo. Y así, sin darnos cuenta, y yendo un poco más lejos, las mujeres aceptamos nuestra bisexualidad incluso asumiendo un lenguaje que nos excluye, con un “nosotros” no representativo más que del género masculino que nosotras asimilamos también como propio.

De ahí la necesidad que manifiesta Hélène Cixous de escribirnos. De escribirnos para ser leídas, para ser aceptadas y entendidas, y para ser también representadas y representativas. Primero por nosotras, para reconocernos en nuestro “ser mujer” diferente al que la sociedad patriarcal nos impone, pero también, y esto ya lo digo yo, por qué no, para ofrecer al hombre la oportunidad de reconocerse mujer en determinadas ocasiones. Pues ser mujer no es malo. Y sentir como nosotras no es malo. Y valorar la debilidad de una manera diferente a la que la competitividad de la sociedad capitalista les obliga, con cariño, ternura, empatía o compasión no es malo, y deberían aprenderlo. Deberían aprendernos para aprenderse a ellos mismos, porque al final todo ello conducirá a un mundo mejor en el que no haya que pisar a la otra persona para conseguir un objetivo, y en el que las mujeres no nos veamos obligadas a competir entre nosotras para conseguir la aceptación del hombre, y así, la de la sociedad en su plenitud.

Escribámonos. Escribámonos tal cual somos para que ellos también se entiendan en su complejidad. Pero no pensemos en ellos cuando nos definimos. Pensemos en nosotras: nuestros miedos, nuestros dolores y sentimientos. Nuestras felicidades. Y llamémonos. Llamémonos lo que somos: “nosotras”, utilizándonos en primera persona del femenino no solamente como mujeres, sino como personas. Y ofrezcamos al hombre la posibilidad de llamarse “ella”. Ella como persona pero con capacidad de abstracción suficiente para verse en femenino. Verse y aceptarse, que es lo que nosotras hemos hecho siempre. Y aceptarse en su bisexualidad sin temor a ser percibido como débil. Y ya veréis, de esta manera, qué mundo más bonito construimos entre todas.

About Sandra Hache

Una más en este mundo de locas

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