Algunos amigos, aplicando la pedagogía feminista

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Ilustración: Nuria Riaza

 

Hace por lo menos diez años que nos conocemos y unos seis o siete que vivimos en ciudades, países distintos. Es de esas raras amistades que se sienten cercanas a pesar del tiempo, la distancia y algunos cambios drásticos vitales (¿Incluiré el feminismo en la lista de cambios drásticos dentro de unos años? Probablemente.)

“¿Meto jerseys en la maleta o hace calor?”, me pregunta. “¿Cuánto dinero llevo en efectivo? Oye, ¿y tus amigas están buenas?” Suelto una risita cómplice-complaciente. Me pregunto cómo encajaría ahora las conversaciones de la adolescencia con las lecturas de Butler o Despentes:

“Lo tremenda que estaba la tía que me hice el otro día, tenía unas tetas que no veas. Me entró ella ¿sabes? Estaba yo ahí tan tranquilo con Paco en la barra pidiendo una copa. Y me vino a mí, súper directa la pava. Iba como un tiro, que yo ni la estaba mirando ni nada. Paco se hizo a la amiga fea. Paco es que se come cualquier cosa. Por lo menos ésta no estaba gorda porque la de la última vez era una gorda obesa pero obesa de verdad, te lo juro”.

En la adolescencia, que compartieran conmigo sus experiencias de machitos lo tomaba como un gesto de confianza, apreciaba esa especie de camaradería sin exigencias que echaba en falta en muchos grupos de only girls allowed. En lugar de ver un ejercicio de cosificación en sus palabras (boys will be boys, ya se sabe) lo que me quedaba era algo parecido a una debilidad, culpas por controlar peor que ellos mis emociones. Varios años y mucha reflexión más tarde, en algún momento de sus días de visita en este país extraño, digo algo así como que las mujeres en cualquier lugar del mundo lo tenemos más jodido a cualquier nivel y él me contesta, literalmente, que sí, que es cierto que los sueldos de las mujeres siempre son más bajos y que eso no debería ser así pero ojo, que ellos también sufren desigualdad, que allá cada vez hay más casos de denuncias falsas por maltrato y tal. “Yo es que ni machismo ni feminismo, tía, igualdad”.

Ojiplática me quedo. Pero si es tu amigo, tu aliado, me digo. Esto tiene que ser porque no ha tenido una correcta introducción al feminismo, pero para eso estás tú que eres su amiga, su colega de toda la vida, porque no es pedagogía que nadie te ha pedido, es un muy buen amigo con quien siempre has podido hablar de los temas que te preocupan. Además, hablar de feminismo con una feminista es fácil. Aquí tienes un reto: hacer que un hombre comprenda que el feminismo no es una actividad conspiratoria, sino una lucha en la que todos salimos ganando.

Empezamos mal y acabamos peor. Por si no tenía claro qué era eso del mansplaining, me imparte un curso intensivo y gratuito. Cuando intento defender mi postura ante un hecho concreto me corta con “a ver, dónde están las estadísticas”. “Disculpa que no haya memorizado el último informe del INE”, le contesto para mis adentros, sarcástica… pero muda. Cuando ilustro otro punto con mi experiencia personal (esta vez sí, de forma verbalizada, porque soy mala recordando porcentajes pero ejemplos ilustrativos tengo –tenemos- a patadas) me salta con algo parecido a “tía pero por qué te crispas, no te tienes que tomar así las cosas. Por tu bien ¿eh?”. Cuando simplifico y digo que un poco de empatía sería la mitad de la solución, la conversación llega a su fin: “Si yo ya sabes que soy súper abierto, pero no tienes razón y ya está”.

Era el momento perfecto para responderle que su argumentación no hace sino confirmarme que el machismo goza de una salud de hierro, fuerte como sólo la ignorancia sabe. Sin embargo, si no conseguía que se identificara con mi punto de vista, seguramente me estaría explicando de pena (la lógica de la culpa). Más tarde me pregunté si, de haber sido yo tío, le hubiera mandado a escaparrar sin más para cinco minutos después volver a ser tan amigos, en lugar de adoptar esa pose tan conciliadora, tan algodón de azúcar (porque las mujeres no somos agresivas y nuestra caca huele a flores).

Pienso en que, cuando empecé a leer sobre feminismo, fue como si las piezas del puzzle de repente encajaran. La mitad de los conflictos internos se ordenaron, pero fue necesario un ejercicio consciente de desaprendizaje. De ahí me pregunto, ¿cómo darle las gafas violetas a la parte beneficiada de la contradicción en la que vivimos?

“Los hombres (blancos) no tenemos ningún conocimiento o experiencia ni empírica ni emocional de ser discriminados. Por eso, en los debates sobre discriminaciones, deberíamos retroceder y callarnos”. Alexander Ceciliasson, antropólogo, en Pikara Magazine

About Ana M.

Hago muchas cosas para pagar las facturas mientras pienso en cómo rentabilizar mi afición por los libros, los bares y los desayunos continentales . Vivo lejísimos.

12 thoughts on “Algunos amigos, aplicando la pedagogía feminista

  1. Hola,

    Me he sentido tan identificada leyendo tu artículo, que me ha emocionado.

    Loo suscribo, palabra por palabra.

    Una vez que te pones las gafas, ya nada vuelve a ser igual.

    Gracias

  2. Gracias a la campaña de odio de la extrema derecha reaccionaria, hablar de feminismo está llegando al mismo nivel de confrontación y hostilidad que antes sólo provocaba la política: rompe familias, enfada a amigos y destruye relaciones. Y para colmo en su visión de los hechos es el feminismo quien ha provocado ese clima de “guerracivilismo”. Muy triste que tanta gente se trague sus mentiras y su ponzoña, pero más triste aún es que nos enfrenten con la gente que apreciamos.

  3. Cuando le intento explicar a mi pareja todo esto…. sus respuestas son: “he sufrido acoso en el instituto, asi que se un rato de discriminación”. Ante eso, no puedo replicar. Ha sufrido discriminación de otros hombres (dos años, no toda la vida como las mujeres), pero no puede entender los comentarios, gestos, actitudes machistas que cada vez detecto más rápidamente a mi alrededor y que ellos, (es cuestión de género, obviamente) no logran enteder ni empatizar. A veces pienso que soy demasiado radical (feminazi dicen). Sobre todo cuando me dicen que “teneis que entender a los hombres, si quereis cambiar las cosas. A vuestra manera no va a funcionar”

    1. ¡En realidad si que puedes replicar y mucho! ¿Conoces el concepto de Nerd Privilege? Si hablas inglés te puedo pasar unos artículos, si no dejo pendiente escribir sobre el tema.

      1. Hola Lidia! a mi sí que me interesan esos artículos.
        Justamente tuve pareja del estilo, y encima con intersección racial, de clase. Y aun y con todo, me daba de bruces con su falta de solidaridad para conmigo y con otras. Y por eso, entre otras ya no estamos juntos, cosa que probablemente jamás entendió. Desearía que la vida le enseñara eso que le faltó, pero es evidente que como se cuenta aquí, el machismo tiene una salud de hierro, y se retroalimenta con sus aliadxs, que son muchos, la mayoría, y con un importante despliegue de dispositivos de aprovación.
        ánimo a todas! charla y apoyo mutuo!

      2. Me tengo que leer aún los artículos que has vinculado más abajo, pero eso de “nerd privilege” me suena mucho a la “ventaja de la demencia” a la que aludía un tío que conozco con esquizofrenia. Una persona muy inteligente por otro lado, que era capaz de ironizar con su enfermedad.

        con lo de la “ventaja de la demencia”, él decía que una persona puede escudarse en un problema previo para no atender a razones. Es decir, tú que estás cuerdo, puedes poner freno a tu ira, pero yo, que estoy como un cencerro (o asumo que lo estoy) pues me paso los límites por el forro y te pego hasta partirte en dos.

        Esto nos llevaría a los atenuantes por consumo de estupefacientes en la aplicación de sentencias: como estaba borracho, como estaba drogado, no sabía lo que hacía. Y UNA MIERDA. Deberían ser agravantes, por empeorar la situación.

        Y los benditos nerds, que se han sentido acosados por ser tímidos, empollones…. pues mira oye, no está bien acosar a nadie y yo soy la primera que lucharé contra el acoso escolar (ya me he llevado un rapapolvo por esto en la escuela de mis hijos, que me hizo sentir como una mierda), pero que uno de ellos te haga mansplaining… que qué vas a saber tú lo que es la discriminación y el acoso. Pues NO, lo siento, pero no.

      3. Hosta, el concepto de ventaja de la demencia me parece un poco raro, pero le daré unas vueltas y consultaré con otras personas neurodivergentes. Muchas gracias. Espero que disfrutes los artículos que he enlazado. El tema no va exactamente por donde comentas, pero casi casi 🙂

    2.  A veces pienso que soy demasiado radical (feminazi dicen). Sobre todo cuando me dicen que “teneis que entender a los hombres, si quereis cambiar las cosas. A vuestra manera no va a funcionar”

      ¿Y su esfuerzo por entendernos? ¿Realmente quieren cambiar las cosas? ¿A su manera sí va a funcionar? ¿Cuál es esa manera a todo esto? Soy toda oídos.

      Nos pasamos media vida dando explicaciones, haciendo entender, buscando aprobación… No, no es ni “femenino” ni genético. Es cultural y educacional. Igual que los hombres aprenden a no dar explicaciones, a no entender y a dar o retirar su aprobación a su criterio.

      Imagina que la conversación fuera entre dos amigos. Imagina que uno es un hombre blanco, heterosexual y el otro es un hombre que pertenece a una minoría o grupo social con menos privilegios y que hablan sobre la injusticia, la discriminación que vive diariamente el segundo. ¿El tono de la conversación sería el mismo que en una conversación sobre feminismo entre hombre y mujer? ¿Habría condescendencia? ¿O sonaría más a una conversación de igual a igual? ¿Por qué será que una conversación sobre feminismo (o sobre cualquier tema conflictivo) entre hombre y mujer suena tan pocas veces así?

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