De instituciones patriarcales

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Fotografía: Valie Export

 

Hace más de tres años tomé la decisión de hacer el Proyecto de Fin de Carrera en Dinamarca. Su plan de estudios y las posibilidades que me ofrecía me resultaron tan atractivos, que me preparé para afrontar uno de los retos más importantes en lo que llevo de vida: conseguir el dinero suficiente para poder vivir allí al menos 1 año mientras me pagaba la matrícula aquí, aprobar todas las asignaturas. Estudiar y trabajar, en el plan Bolonia. Sentí que, si no conseguía hacer algo así, aquí no tendría el futuro que esperaba. Y empecé a luchar.

Hoy me he levantado pensando en el día de la revisión del examen que tiró por tierra tres años de lucha. He soñado que alguien pretendía tirarme a las mandíbulas de un tiburón, que una ley se lo permitía, y yo no podía salvarme por no saber suficiente de leyes como para rebatirla. Y, al levantarme, he recordado aquel día. Creo que es la primera vez que me enfrento a un recuerdo nítido, que me permito sentir la pena, la rabia.

Dos puntos de la calificación de aquél examen me fueron negados por hacer, en un ejercicio de peritación, la comprobación más necesaria, en lugar de la más larga; según un criterio de corrección que no nos fue notificado, y que resultó muy útil para suspender de un golpe a más de la mitad de los presentados. Después, el mismo “error de concepto” (que no era tal) me fue penalizado por triplicado, en tres dibujos distintos. Eso, sumado al puntaje aleatorio de la parte analítica del examen, convirtió un examen de 7 en un raquítico 2,5; y mis planes, esfuerzos y sueños en cristal roto.

Resulta cruelmente inverosímil la capacidad de instituciones envejecidas y anquilosadas de destruir nuestros sueños, sin saber siquiera lo que soñamos. Nunca tuve alternativa: que me corrigiera un profesor en lugar de otro (en lugar del mío) fue suficiente para acabar con todo. Ni los años trabajando y estudiando para pagar matrículas, academias y ahorrar para mi viaje, ni aquella hucha-cerdito, ni toda la ilusión, la constancia, el aprendizaje… Ni todas las barreras y baches superados sirvieron de nada ante la decisión arbitraria de un profesor que jamás me había dado clase. Su necesidad de establecer los límites de su nueva y flamante cátedra fue mucho más legítima e importante que mi futuro, mis planes, mi vida.

La inconsistente normativa de la universidad y de mi escuela hizo el resto: esa asignatura suspensa cerraba la opción de hacer el proyecto fuera; y los plazos para solicitar el viaje para el próximo año acabaron convenientemente en la semana de exámenes. No había alternativa, reclamación o aplazamiento. Después de tres años de esfuerzos, un golpe en la mesa me dejaba fuera de mi vida.

Llevo meses viva por casualidad. Vivo porque respiro, y poco más. Mi presente me es ajeno. El futuro, que sólo existe en la imaginación, emigró de la mía. Creo que él sí llegó a Dinamarca. He vuelto al punto en el que estaba cuando comencé la terapia. Todo lo que no hice por ahorrar dinero para irme y tratar de conseguir un jodido futuro, todo lo que sí hice para ganarlo, no me va a ser devuelto.

Sigo dependiendo de la misma institución que destrozó todo lo que había preparado. Encarcelada, encerrada en burocracias y papeles, sufriendo la misma arbitrariedad en asignaturas sin sentido, en un plan de estudios que nació muerto. No puedo huir, porque tienen como rehén un título que ya me he ganado. Tengo que seguir. Por donde ellos digan. Hasta donde ellos digan. Cuando ellos digan. O seré una paria el resto de mi vida.

Seguimos dependiendo de instituciones gobernadas por esa masculinidad hegemónica recalcitrante, que valora más la fuerza que el cuidado. Que nos separa tanto de quien toma decisiones sobre nuestra vida que no parecemos ni de la misma especie. Seguimos convirtiéndonos en números, notas de corte. Se antepone la norma más ilógica a nuestra situación personal, a nuestra circunstancia vital.

Más o menos una vez a la semana me encuentro con aquel profesor. El que hace tres meses me miró a la cara, con media sonrisa socarrona, para decirme que era evidente que sabía bastante más de lo que reflejaba mi nota… pero que él no podía ceder, “lo siento mucho”. Me lo cruzo por los pasillos. Y me saluda. Una vez me preguntó qué tal estaba. Yo, sonrío: “Bien, señor. Gracias.”

Bien, señor. Gracias.

About Ro de la Torre

Aparejadora, actriz de teatro amateur, por lo visto ahora tengo un blog. No me resisto a nada que implique buena compañía y cervezas. La protesta pacífica no es mi rollo, soy más de tocar puntos sensibles. Me implico. Mucho. En todo.

7 thoughts on “De instituciones patriarcales

  1. No entiendo muy bien porque publicas aquí este articulo. Quiero decir, es muy duro lo que te pasó y demás pero, ¿y si la profesora hubiese sido mujer? ¿o es que solo suspendió a mujeres? si tu fueses un hombre ¿crees que sería distinto? No se, no pretendo ofenderte, solo que no me cuadra.

    1. Hola Nuria:

      Si las instituciones que nos “educan”, en lugar de estar basadas y fundadas en esa masculinidad hegemónica que rehuye los sentimientos, estuvieran basadas en los cuidados… Si el capitalismo no nos convirtiese cada vez más en sinónimo de lo que “producimos”, a mí no me habría pasado esto. Entre otras, claro.

  2. HOLA!

    Lamento mucho lo que pasó, tuvo que ser horrible.

    Entiendo que es tu blogspot y Escribes lo que te da la gana (faltaría más). Y escribes genial, y espero que te haya ayudado contarlo

    Aun así no veo ninguna relación con el patriarcado. “suspendió a media clase” no sólo a mujeres. creo que es irrelevante aquí el aspecto “género” el es sistema,  el plan…va encontra de los estudiantes no de las mujeres estudiantes.

    Creo que tu lo sabes igual que yo, ya que sólo has establecido la relación un par de veces y muy débilmente. Asique nada, que me ha encantado de todas formas. Besos y a seguir!

    1. Hola Tamara:

      Se perfectamente que no necesariamente suspendió a más mujeres que hombres (aunque es algo que no estaría de más investigar xD)! No es esa la relación. Es la masculinidad hegemónica. No es que este señor sea un machista, sino que es un machirulo. Ocupa el espacio que le sale de las narices. Toma decisiones sobre la vida de otras personas en base a lo que su polla necesita (en este caso, autoafirmación como catedrático) y le da igual a quién se lleva por delante.

      Este rollo de poner normas arbitrarias y atenerse a ellas llueva o truene, considerar a las personas una generalidad, y no en su particularidad… Eso es cuñadísimo! Para empezar, porque considera que su opinión es ley divina (ese examen ante un tribunal habría aprobado incluso con los criterios de corrección impuestos), para seguir, por esa actitud de “yo no puedo (QUIERO) hacer nada por tí, no puedo (QUIERO) escucharte, y si se ha cometido una injusticia, no es culpa mía (ME IMPORTA UNA MIERDA)”.

      En el post no se establece la relación claramente porque no era su misión. Lo escribí desde la rabia y para desahogarme, y no es en absoluto un análisis de la universidad o el sistema patriarcal imperante. Pero te puedo asegurar que, en una carrera dominada por hombres, las mujeres (la mayoría de las mujeres) han sido muchas veces la única luz al final del túnel, poniendo lógica y serenidad donde sólo hay arbitrariedad y pollazos sobre la mesa.

  3. Hola! Me ha gustado tu post, coincido en el comentario que has hecho al respecto de que el capitalismo equipara educación a producción. Y si no produces según un criterio X no eres válido.

    No obstante, creo que a pesar de que el capitalismo como tal tenga un origen patriarcal (no hay más que ver a quienes liberaba y a quienes no el contrato social de las revoluciones liberales) eso no implica que si nosotras hubiésemos formado parte en su desarrollo todo fuera a ser equitativo y justo. El hecho de que estemos oprimidas sistemáticamente tanto por la lógica patriarcal como por el sistema liberal no implica que con una hipotética eliminación de la desigualdad de género se eliminaran también los otros sistemas que dan privilegios sólo a algunos Quizás no es lo que querías expresar, pero me parece que considerar que un sistema de producción desarrollado por mujeres es menos arbitrario es admitir en cierto modo que somos serenas y tranquilas, e incluso pasivas por naturaleza y obviamente no es cierto. El sistema de producción capitalista oprime de forma transversal, fomenta así el patriarcado pues al no considerar las diferencias entre géneros no hace más que permitir que estas se reproduzcan. Por ello, nosotras nos vemos doblemente afectadas, tanto por nuestro género como por el eslabón de producción, pero creo que incluso si pudiéramos eliminar las diferencias entre géneros el sistema liberal seguiría oprimiéndonos por otros motivos igual de crueles, entre ellos como te ha ocurrido a ti no alcanzar sus ridículos estándares de productividad.

    Un saludo!

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