El arte de defenderse

autodefensa feminista acoso sexual y callejero
Ilustración: Naiara F Cantero

No era la primera vez que me defendía de la figura de un hombre. Meses antes, ya había mandado al carajo una relación abusiva que sostuve 3 años con un hombre que se encargó de minarme la vida con abusos machistas que explotaban mi energía, mi confianza y mi poder… sobre mi misma, sobre la vida misma.

Cuando logré, sola, terminar con todo eso, quedé con la difícil labor de recuperar lo que yo llamo la versión original de mi misma, y fue en ese proceso cuando por segunda vez, tuve que defenderme con fuerza. En este caso se trató del hombre mas irresponsable, machista, descarado y oportunista que he conocido: ese que quería llamarse mi padre.

Meses después, cuando todo ocurrió, supe que gracias a esas dos experiencias, y a otras cuantas más que cargaba en mi historia, yo estaba entrenada para defenderme.

Vivo sola desde los 19 años, y tengo 23. Desde hace unos meses – y con toda la alegría imaginable- me mudé a un piso que pertenecía a mi abuelo y que durante años fue su taller, lugar que no visitaba desde que falleció. Yo crecí con él en ese sitio lleno de aserrín y olor a madera húmeda… porque sí ¿sabes? Se puede ser feminista, criada por un hombre feminista, que me enseñó a ser luchona y hacerme oír –aunque tal parece, que ocasionalmente olvidé lo aprendido-.

Justo frente a mi nuevo balcón, vivía un tipo asqueroso, de mas o menos mi edad, que comenzó a joderme cuando me mudé. Como el tipo no trabajaba, montó su propio puesto de fisgoneo en el balcón de su casa donde siempre estaba sentado, mirando hacia la mía: a cualquier hora de cualquier día, cualquier día del mes.

La primera semana fueron solo chiflidos y “saludos” insinuantes. Cada vez que yo me asomaba, él estaba ahí mirándome fijamente. La segunda ya me gritaba machiruladas del tipo “mamita rica” o “cosita buena”. Después de la tercera semana, todo fue peor.

Sin darme cuenta comencé a no salir a mi propio balcón ni asomarme a mi ventana. Con los días se murieron todos los tomates del huerto que yo sembré, del que yo comía, porque simplemente no quise salir más a regarlo para no ver al pelmazo ni escuchar sus porquerías. Después de varios meses de sufrirlo, un día volvió a mí  esa versión luchona, original y auténtica de mi misma, esa que había perdido y que recién recuperaba.

Sucedió a las 4 de la tarde de un día completamente soleado. Salí por fin al balcón a pintar una silla que alguien acaba de regalarme, estaba radiante y feliz. La escena la interrumpió, una vez más, este tipo del frente que comenzó a gritar lo de siempre: que me la quería meter, que me iba a partir en dos, que me cuidara… ¡¿qué me cuidara?! Un momento… ¡Pero si me está amenazando! Y fue ahí cuando, al fin , levanté la cabeza –debo reconocer que si bien salía muy poco al balcón para no verlo, cuando tenía que salir sí o sí, lo hacía con la cabeza agachada- y pude verlo. Su balcón era de listones de hierro por lo que fue muy fácil distinguir con claridad cómo se masturbaba. ¿Era la primera vez que lo hacía? ¿cuántas veces lo hizo y yo no me enteré porque agachaba la cabeza?

Ya mis familiares cuando me visitaban sabían que el tipo me jodía, pero como él se aseguraba de hacerlo solo cuando yo estuviera sola, y así los demás no se percataban mucho del tema. Esa tarde, ningún otro vecino mío vio lo que pasaba, la mayoría de las casas del barrio tienen 2 pisos y toda esta escena transcurre entre las únicas dos casas en la calle que tienen cuarto piso: la de él y la mía.

Tengo conocimiento de que en otros países, existen procedimientos legales que se pueden hacer en estos casos, y aunque también sé que son completamente insuficientes y viciados, debo aclarar que en mi país, no existen. En el lugar donde vivo, la policía y las leyes trabajan para las mafias, y el gobierno es tan igualitario –léase con ironía iracunda- que emite conceptos oficiales en casos de mujeres violadas y asesinadas argumentando que “fue culpa de ella” por haber salido con el tipo, o por su ropa, o por la hora, o por el lugar.

Le grité todo lo que pude, lo que quise, lo que sentí. Él se siguió masturbando, entre carcajadas y frases de “no puedes hacer nada” y “yo no tengo la culpa que seas tan guapa”. Estaba convenientemente separado por cinco o seis metros de vacío entre los dos balcones.

Entonces entendí, y lo que pasó a continuación voy a resumíroslo. Cerré mi casa y temblando de impotencia baje las escalas recordando en qué parte de la casa de mi abuela se guardaba la almadana. Verán, ese taller que fue de mi abuelo y que ahora es mi casa lo remodelé y lo reconstruí yo misma, así que tanto sé levantar un muro y poner una puerta como tumbarlos y echarlos abajo ¿no? Pues a eso iba.

Llegué a la casa de la abuela, con intenciones de tomar su almadana y un martillo, como ya lo he dicho, para cruzar la calle y tumbar la puerta del bufón. No quería contarle nada a ella, pero fue imposible esconder la ira, la impotencia y el temblor y fue así como ella y varios familiares míos terminaron enterándose.

Sin proponérmelo, terminé acompañada de 6 personas cercanas a mí que al enterarse de lo que pasó, en 15 minutos estaban cruzando la calle conmigo. Subimos los 4 pisos, no tuvimos que tirar la puerta: él mismo la abrió.

Lo que dijo, solo empeoró las cosas. “Yo solo le grité un poquito”, “ es mi casa y puedo hacer lo que quiera en mi balcón” “no es para tanto, yo la tengo buena ¿no?”.

Yo soy tejedora, soy artista. Y no, no estoy cambiando de historia. Lo que quiero decir es que uso mis manos para crear: colores, vida, movimiento. Pero, en situaciones de la vida como esta que les cuento, mi cabeza y mi corazón saben muy bien que llegó el momento de usarlas para la justicia.

A estas alturas de la historia no me importa si me dices feminazi, si me juzgas de violenta o de radical. La violencia que he tenido que soportar por ser mujer durante años, eso sí es extremo. En un país como el mío la palabra «autodefensa» nos remite inmediatamente a los grupos paramilitares que han desangrado este país por años en una guerra macabra, y por eso sé que “autodefenderse” toma una connotación negativa.

Pero yo no estoy asesinando comunidades campesinas para perpetuar el poder de los hacendados y políticos poderosos. No estoy picando con una motosierra a nadie para enterrarlo en un hueco en el monte, como hacían los paracos. Esa tarde, autodefenderme era la reivindicación de mi propio derecho a existir y a ser respetada, con un sujeto que amenazaba mi vida, mi integridad y mi tranquilidad.

Y aunque no lo creo del todo necesario, puedo aclarar que el tipo no quedó herido de muerte ni nada semejante. Recibió los golpes que mi mano y la de uno de mis acompañantes pudieron propinarle en un momento que más que de rabia, fue de justicia. Le dijimos que ya no más. Que íbamos a entrar a su casa las veces que fuera necesario si seguía haciéndolo. Le gritamos que su verga valía nada y que tenía que respetar a las mujeres, o tenía que irse, porque le íbamos a hacer imposible la vida si seguía así.

Lloró desde el segundo golpe, y sé que sintió dolor. La misma cara que hacía 15 minutos se reía a carcajadas mientras se corría en el balcón, diciendo que me iba a partir en dos con la verga y que tuviera cuidado de andar sola por la calle porque si me encontraba me reventaba.

En menos de dos semanas se mudó de casa. Más que por la golpiza, lo hizo porque esa tarde al salir de su casa, yo misma fui por todo mi barrio tocando las puertas de las casas de mis vecinos y contándoles lo sucedido, diciendo que cuidaran a sus hijas, a sus niñas y niños, advirtiéndoles de sus conductas. Al otro día cuando él salió a la calle, el barrio entero lo miró con el mismo asco con el que yo tuve que verlo durante tanto tiempo.

Voy a defenderme. Siempre que sea necesario, siempre que intentes que mi cuerpo sea tuyo cuando no es más que mío. Siempre que creas que tengo que ver tu verga, oír tus porquerías y aceptar tu poder impuesto. Voy a tumbar tu puerta con la almadana de la abuela, y voy a usar mis manos y mis pies, los mismos con los que tejo la vida, los mismos con los que construí mi casa, con eso y con todo defenderme, a mi y a mis hermanas.

About Luz García

Mujer tejedora, artista, vegetariana.

12 thoughts on “El arte de defenderse

  1. Se necesita mucha fuerza interior para sacar la guerrera que llevas adentro, se necesita mucha fuerza para levantar la cabeza y caminar erguida frente al acosador, se necesita mucha fuerza para desafiar al atacante, para herirlo pero no en la piel sino en el alma. Eres una guerrera, pero no de las que hacen la guerra.

  2. Sentí un alivio cuando supe el final. Estoy cansada de escuchar historias en donde el acosador sale ganando, dejándome una impotencia terrible. Te felicito por los cojones que tuviste para hacer eso, espero hacer lo mismo cuando estos bastardos me molesten! no más!

  3. Como hombre me avergúenzo de que gentuza como ese puerco sea un caso tan comun, como persona me pareces un verdadero ejemplo a seguir … y felicita a tus familiares de mi parte!

  4. Colombia… Interesante que suceda aquí. Porque, diariamente ocurren cantidad de cuestiones como esas y rara vez, por no decir que nunca, se escucha, en mi país, sobre esas situaciones.
    Fuerza mujer. Yo creo que voy por el mismo camino.
    Jaja agrego, que creo que tengo en serio el mismo sentimiento. Estoy temblando de esa energía acumulada. De toda esa rabia.

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