Mi vida sin miedo: seremos legión

autodefensa feminista sororidad
Fotografía: Melania Brescia

El otro día una compañera narró aquí cómo, después de que violaran a ¡otra! de sus amigas, había decidido apuntarse a ‘Kick Boxing y lo acabó dejando por el ambiente que se encontró: «chicos jóvenes, de 20 años a lo sumo, con muchas ganas de pegar, pegar porque sí, violencia gratuita y gratificante, esa era la razón por la que ellos lo hacían» Al explicar que su motivación era bien distinta dijo algo que me llegó al alma y me hizo llorar de rabia e impotencia: «Yo sólo quería que no me violasen«. ¡Sólo! Como si fuera mucho pedir. Como si de un privilegio se tratase. Cuando por fin se me agotaron las lágrimas me sequé la cara con los puños aún apretados y me puse a escribir estas líneas, porque deseo (necesito) deciros algo:

Quiero dejar claro que vuestro dolor es también mi dolor. He sentido miles de veces ese mismo miedo a la violencia (a sufrirla y también a tener que ejercerla como legítima defensa). La virginitifobia ha sido también un lastre para mí durante demasiado tiempo. Pero hoy no he venido a compadecernos, sino todo lo contrario: a recordarnos (porque en el fondo ya todas lo sabemos) que hay otro camino. Quiero deciros que, no sé bien cómo ha sido, pero yo he renunciado a sentir miedo.

Mi familia, mis amigos, mis conocidas, todos creen que estoy loca. Me paso la vida mandándoles callar cuando me llaman imprudente o me juzgan con sentencias del tipo: «Confundes la valentía con la temeridad» y eso que no se enteran ni de la mitad de cosas que hago, no porque les mienta sino porque prefiero omitir algunas para no tener que soportar más sermones. Tengo 30 años, vivo sola y hago infinidad de planes sola, desde los más mundanos como ir al cine o a cenar a un restaurante, hasta otros menos convencionales, como salir a pasear al fresco de la madrugada (sin evitar parques o zonas mal iluminadas) cuando soy incapaz de dormir porque estoy rayada con mis pensamientos. Incluso, (por disponer de mayor flexibilidad laboral que la mayor parte de mis conocidos y reservar en las fechas más baratas) cuando viajo a conocer otra ciudad o país suelo hacerlo sola.

Os mentiría si dijera que nunca me he llevado un susto. Varias veces un coche me ha perseguido a mi paso mientras yo caminaba por la acera. Una vez un hombre me abordó en un descampado por el que cruzaba para atajar de vuelta a mi casa. En una ciudad extranjera tuve que salir por patas, huyendo sin conocer las calles, hasta dar esquinazo a un grupo de machitos que empezó a perseguirme entre gritos. No soy ninguna inconsciente; pese a sentirme orgullosa de haber sabido controlar mis nervios para poder salir airosa de esas situaciones, reconozco que siempre he tenido mucha suerte y que, en cualquier momento eso puede cambiar.

Si finalmente algo me ocurriera, un montón de personas (desconocidas y conocidas) opinarán que ha sido por mi culpa (aunque no se atrevan a decírmelo a la cara), pero ¿sabéis? No me importa. Porque da la casualidad de que ninguna de las tres veces que he sido violada fue por asumir una situación de «riesgo innecesario« sino, curiosamente, haciendo cosas que podría hacer cualquiera de nosotras, como salir de fiesta o liarme con un desconocido en su coche y… ¿adivináis? me culparon a mí de todos modos porque, por lo visto, después de haber retozado durante una hora y haber acabado sin ropa ya es demasiado tarde para echarse atrás y, si has bebido demasiado hasta acabar casi inconsciente, que un hombre mayor te lleve a su casa para hacerte lo que quiera sin protección «Es una mierda, pero… es tu problema, chica, aprende a beber menos para la próxima vez«.

¿Pues sabéis que? No me da la gana. Elijo no tener miedo. El truco no consiste en no sentirlo (porque eso es imposible) sino en no estar dispuesta a que te domine. Yo he decidido que mi miedo no va a limitar mi vida, mis movimientos, mis decisiones. Coexisto con él y lo utilizo en mi favor para mantenerme alerta, pero no pienso volver a dejarme amedrentar; porque considero que sólo hay algo peor a que me violen, y es vivir con el miedo constante a ser violada

…o agredida. Porque cuando recibo un piropo por la calle contesto y, si es especialmente faltoso, me encaro con el tipo y me importa cero si va borracho o está con su grupito. Nunca me pasó nada, al contrario, son ellos los que se acojonan cuando tienen delante a una mujer empoderada. La única vez que he «recibido» fue por defender a una hermana que estaba visiblemente incomoda, acorralada en un rincón del pub por un enfarlopado. Al intentar separarle de ella, me dio un tremendo bofetón y, cuando caí al suelo, se metieron otros chicos y se montó una buena trifulca hasta que acabaron echándole de allí.

¿Quiero decir con esto que todas las mujeres deberían ser y comportarse como yo? En absoluto. En su artículo Sara nos invitaba a reflexionar sobre si debemos cambiar para defendernos del patriarcado. Hoy mi respuesta es que NO. No debemos cambiar en NADA nuestro cuerpo ni nuestra manera de ser, pero (siempre hay un pero) para que nuestras hermanas puedan permitirse ese “lujo” y seguir estando a salvo, debemos ser legión ante el enemigo. Juntas podemos. Cada par de ojos de una de las nuestras debe aprender a detectar, señalar y denunciar cualquier agresión machista, y cada par de puños (de las que si tenemos «esa predisposición, ese instinto» que a Sara le falta) deben estar dispuestos a neutralizar la amenaza por las buenas o por malas.

Si nos tocan a una, nos tocan a todas. No importa a quien: ya sea nuestra querida compañera activista o una «amiga de los hombres» (como fui yo en otro tiempo) o la más alienada de todo el país. La «sororidad como autodefensa» no puede ser sólo un bonito eslogan. No podemos permitir que nuestros encendidos debates y discrepancias irreconciliables sobre metodologías, matices y etiquetas nos hagan olvidar algo:

TodAs viajamos en el mismo barco y la suerte de cada una de nosotras está trenzada con la del resto. Mucho cuidado, Dalas, Álvaro Reyes, machirulos anónimos, etc. ninguna agresión quedará sin respuesta porque, al fin, estamos dejando de teneros miedo.

About Ariadna Zamora Nelken

Edukadora de barrio. Curranta en lo que se puede. Alegre, pasional, independiente, luchadora. Anticapitalista y Antifascista. Fuck the patriarchy. #stopTTIP

8 thoughts on “Mi vida sin miedo: seremos legión

    1. Créeme si te digo que, renunciar al miedo en vez de a hacer lo que te apetece, no es una cuestión de valentía sino todo lo contrario: de supervivencia. Es difícil explicar lo durísimo que es vivir con miedo continuamente, analizar riesgos a cada paso que das y tener que analizar todos los escenarios posibles para evitarlos o repelerlos al paso siguiente, llegar a dudar de tu propia percepción hasta el punto de no saber si estás paranoica y ves «fantasmas en todas partes» o si realmente estás lidiando con una infinidad de amenazas potenciales que, por fortuna, sólo de vez en cuando llegan a materializarse.

    1. Te confieso que la poesía no es mi género preferido pero… la tuya me ha impresionado. Me encanta el mensaje y sobretodo la ¡FUERZA! que irradia. Me llama especialmente la atención este fragmento: «Un fuego me consume / desde dentro las entrañas, / ecos de aquellos otros / de hogueras antepasadas» no sabría explicar el motivo, pero me remueve cosas muy fuertes dentro del pecho.

      Felicidades, hermana, y muchas gracias a ti también.

  1. ¡brutaaaaaaaalllllllllllll!

    me sumo.

    cuando estés de fiesta, caminando, en un bar, si necesitáis algo, me tendréis.

    ya no me callo. y espero que vosotras tampoco porque estaré aquí para ayudaros, muchachas.

    para salir corriendo en vuestra ayuda.

    un beso sororo.

     

  2.  Hola, yo nunca quiero sexo porque no quiero ir al ginecólogo y no quiero quedar embarazada.

    Todo el tiempo me cansa pensar en que me pueden violar y en que nadie va a estar conmigo y me van a dejar sola y se van a burlar de mi mis familiares.

    Cómo puedo no tener miedo a que me saquen la ropa y me violen?

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