Viajar sola no es solitario

viajar sola no es soledad
Imagen de la fotógrafa rumana Emilia Nedelcoff

Viajar sola no es solitario

Mi trabajo tiene cosas buenas y cosas malas. Entre las buenas está poder pasearme por otros países de cuando en cuando. A menos que tu viaje consista en un retiro de meditación en el Tibet, viajar sola es lo menos solitario que existe. Viajando sola conoces a un montón de gente. Muchísima. Demasiada. No falta quien te ofrezca un email, una fiesta, una cama. A veces me maravilla la solidaridad humana y abrazaría el mundo si pudiera; a veces sospecho que ellos no hubieran sido tan atentos si me acompañara un maromo de dos metros, y a veces me parece una lata sin más.

Quizá viajar solo, en masculino, sí sea solitario. No tengo ni idea. Como mujer en ocasiones es complicado hallar soledad sin interrupciones. Sobre todo cuando averiguan precisamente eso: que estás sola. Puede que con la mejor de las intenciones pero siempre hay quien se empeña en colgarme el san benito de la doncella en apuros, o en convencerme de que a pesar de mi claro deseo de estar sola (expresado mediante señales inequívocas como estar leyendo un libro con los cascos puestos) necesito compañía. Suelen despedirse con algo así como «tranquila ¿eh reina? que sólo quería ser amable» cuando les mando por donde han venido, mientras en paralelo me siento el peor ser humano sobre la faz de la tierra por tratar a mis congéneres de esa manera.

Con el tiempo desarrollas pequeñas estrategias de defensa

Mi amiga M, que de viajar sola sabe más que yo, me contaba que a veces llama de manera anónima a los hoteles donde se aloja y pregunta por su propia habitación («¿Me puede decir cuál es la habitación de la señorita M.?») Si le dan la información, monta un cirio, pide el libro de reclamaciones y se larga del hotel. A saber de qué documental de la Guerra Fría lo habrá sacado, me digo. M. me sorprende con una lógica sencilla y brutal. Que ella puede averiguar su número de habitación significa que cualquier desgraciado en una ciudad que no conoce también puede. Me cuesta imaginar a mi padre o a mi jefe, que también viajan mucho, analizando con frialdad éstas y otras preocupaciones pero como mujeres, no-me-pregunten-por-qué, me pareció absolutamente práctico y razonable. Qué paranoicas y exageradas somos, ¡lo que hay que ver!

Hace cosa de un mes me encontraba por unos días en el extranjero, sumergida en un idioma que apenas entiendo (y ya no digamos hacerme entender). En mi última tarde elijo una cafetería con terraza a modo de oficina temporal. El camarero habla español y charlamos un poco. Me cuenta que adora Barcelona y que espera volver y otras circunstancias vitales varias. Pasado un largo rato una camarera delgada como un alfiler pregunta si deseo pedir algo más. “La cuenta” digo, porque su tono suena a que consumo poco y ocupo mucho espacio. Trae la vuelta y un bolígrafo. Lo repite tres veces, muy despacito, hasta que entiendo qué me quiere decir mientras me tiende el bolígrafo. Como si acabase de recordar una respuesta de un examen complicadísimo escribo mi número de móvil en una servilleta, sin tener muy claro si es para ella o para él.

Pocas veces doy mi teléfono así, por las buenas

Y si lo doy no contesto o acabo por bloquear los mensajes. Lo que recibo de hombres desconocidos en la calle son agresiones en su mayoría y no veo porqué en una conversación por whatsapp su actitud fuera a ser distinta. Con 13 años pasé tres horas encerrada en el baño de un centro comercial con dos amigas porque unos chicos no nos dejarían tranquilas hasta que les diéramos nuestros números. Cosas de críos, ya sabes. Como que en los pasillos del colegio te tocaran el culo y luego se fueran corriendo. Lo normal.

Lo más gracioso es que no tengo nada en contra de los desconocidos. Mejor que eso, soy devota fiel de los líos espontáneos siempre que yo elija el quién, el cuándo y el cómo. Quien lleve la batuta en la breve orquesta de la carne. Digamos que sé perder el control si yo tengo el control. Y no, quedar con alguien con quien apenas he intercambiado unas palabras, en una ciudad donde necesito un mapa para volver a mi hotel, no es jugar en terreno seguro, llámenme rara. Por otro lado, aunque mi historial sexual y amoroso hasta la fecha me defina como heterosexual, confieso que me muero de la curiosidad por saber quién de los dos escribirá.

Por la noche recibo un mensaje que promete sacarme de dudas. Si está escrito en español, es el camarero. Si no, es la camarera. En la firma, un nombre de santa católica aclara toda incertidumbre. Me valgo del traductor de Google para contarle de dónde soy, qué hago aquí. Sí, me ha gustado mucho tu ciudad, qué pena pero me voy mañana. Sí, yo también querría haberte conocido mejor, ojalá nos veamos en otra vida, ven a visitarme alguna vez.

Una mujer no me hace sentir amenazada

Ella tenía la iniciativa y yo el rol de lady, pero igualmente me he sentido cómoda, y la razón no es que me puedan o no atraer sexualmente las mujeres. Al carecer de experiencias desagradables previas grabadas a fuego en el cerebelo, la alarma de peligro no se activa cuando invade mi espacio una mujer. Una mujer no me agrede verbalmente por la calle, ni me intimida físicamente… Una mujer no me hace sentir amenazada. No de esa manera.

Como mucho amenazada del tipo ‘estamos en igualdad de condiciones, juguemos’, y no al nivel de ‘voy a cerciorarme de que nadie pueda entrar en mi habitación del hotel porque viajo sola’. La clase de tranquilidad a la que ellos tienen derecho, en definitiva, pero que cuando nosotras la reclamamos nos tachan de locas del coño. Y a mucha honra, les diré.

About Ana M.

Hago muchas cosas para pagar las facturas mientras pienso en cómo rentabilizar mi afición por los libros, los bares y los desayunos continentales . Vivo lejísimos.

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