Decidí desobedecer a mamá y cambiar mi actitud para siempre

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Ilustración: Ambivalentlyyours

Mamá me enseñó todo. Desde atarme los cordones hasta a elegir por mí misma, pasando por leer, sumar, contar historias, reírme de todo. Me enseñó la importancia de ciertos valores, como el respeto y la honestidad.

Me mostró cómo el mundo está lleno de gente que piensa distinto, que actúa distinto, con diferentes historias y cualidades. Y que yo, debía respetar todas las opiniones, aunque no estuviera de acuerdo con ellas. Debía trabajar por mi felicidad y la de los míos e ignorar las actitudes necias e ignorantes, “no rebajarme nunca a su nivel”.

Todo éso sonaba perfecto, un mundo de armonía donde “una no se mete donde no la llaman” y cada loco con su tema.

Mamá, siempre mi rol a seguir, mi ejemplo de mujer y de lucha. Yo, que siempre la escuché (y la seguiré escuchando) asumí sus palabras como parte de mí, de mi forma de pensar y de mi forma de actuar. Crecí ignorando a quien me intentara hacer daño, haciendo oídos sordos a palabras necias y arrogantes. Dándole la espalda a quien no me convenía escuchar. Crecí respetando opiniones aunque fueran muy distintas a las mías, aceptando la diferencia de sexo, de cultura, de religión, de personalidad.

Supongo que llegué a ese punto en el que una empieza a darse cuenta de que hay ciertas actitudes que no se pueden ignorar. Actitudes nocivas. A veces tenía que apretar los dientes y tragarme las palabras, por no parecer intolerante, o una loca que siempre lleva la contraria, una amargada sin sentido del humor. Una malfollada. Y como me dolían las mandíbulas cada vez más, decidí desobedecer a mamá y cambiar mi actitud para siempre.

NO tengo que respetar las opiniones machistas, que me consideran menos, que me juzgan por mi cuerpo, por mi ropa, que me llaman puta, que me llaman frígida, que me obligan a unas cosas y me privan de otras, que me intentan definir, que me frenan, que me humillan.

NO tengo que respetar a quien no me respeta, a quien no nos respeta.

No tengo que hacerlo y no lo voy a hacer mamá, no me voy a callar. No puedo ignorar eso. Voy a gritar si hace falta, como ya he hecho en decenas de ocasiones.

No me importa si es en público y te da vergüenza porque a mi lo que me da es rabia.

No me voy a callar porque estoy demasiado harta y demasiado educada como para callarme.

No me voy a callar, porque si algo me enseñaste mamá, es a ser la mejor versión de mí misma, a ser honesta y a ser valiente. A luchar, como vos, mamá.

No me voy a callar hasta que me oiga todo el mundo contestarle y señalar con un dedo inquisidor al mierdas que se restregaba mirándome en una tienda de kebabs, o al baboso que nos pidió a mí y a mi amiga que nos diéramos un besito para él, o al idiota de turno que un día me discutió a muerte que las mujeres estamos genéticamente preparadas para ser más “limpias y cuidadosas en casa”.

No me voy a callar, no tengo por qué.

No me voy a callar hasta que todo esto pare. Hasta que me pueda ir a la cama sin haber tenido que vivir alguna mierda machista, sin haber sentido esa punzada en el pecho que todas sentimos tantas veces.

No me voy a callar hasta estar satisfecha. Y a quien no le guste, que me lo diga.

About Sofia Krysiak

Soy poeta, inmigrante y bebedora de vino. Camino en la fina línea que divide el amor a la humanidad y el odio universal. A veces me caigo en un lado y otras me caigo en el otro.

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