Leyes no escritas: Menos dinero, menos tiempo

feminismo tiempo libre brecha de género

Cien pesetas. Eso era lo que mi madre me daba los fines de semana para salir con mis amigos. Estábamos  en 1988 y yo tenía dieciséis años. Es cierto que podía darme más, pero rara vez me lo gastaba. ¿Por qué? Porque me había echado un novio. A él le daban cinco veces más, sábado y domingo, de media. Y él invitaba.

Esa ley que no está escrita, que tu novio tiene que pagar por ti, es una de las más machistas que conozco y ya entonces me hacía sentirme mal, aunque yo no sabía en aquel entonces la razón. Esa regla no escrita decía que él tenía que procurarme lo necesario para mi ocio: entradas a la discoteca (aunque, como eras chica, entrabas grátis de todas formas la mayoría de las veces), bebida (vale, yo no bebía más que Coca-Cola) o unas partidas en los futbolines. Pero tenía que pagar él. Todo el mundo lo esperaba.

Yo misma lo aceptaba, a pesar de que me hiciera sentir un nudo en el estómago que fue creciendo. Tutelada, supervisada, en definitiva, controlada. Recuerdo que un par de veces me pidió dinero porque no le llegaba. Lo hice gustosa, feliz de contribuir porque me parecía normal que ambos pagáramos lo que consumíamos o comprábamos, pero a él le dio vergüenza. Y yo lo noté.

Otra de las reglas no escritas era la hora de vuelta a casa. Yo tenía que volver a las doce de la noche los fines de semana, algo que duró hasta que cumplí los veintiuno. Él podía quedarse más rato, porque un chico. Yo, ¿qué demonios podía hacer una chica decente más tarde por ahí fuera? ¿Qué iba a decir la gente? Intenté rebelarme muchas veces, llegando deliberadamente tarde para intentar aquella regla absurda, pero fue en vano. Las doce era una hora que marcaba la diferencia entre la vergüenza y la desvergüenza, entre lo seguro y lo peligroso, entre la buena y la mala fama.

Ni disponía de los mismos recursos monetarios para disfrutar en mi tiempo libre, y ni siquiera mi tiempo libre era el mismo que el de mi novio o sea, una relación basada en pequeñas desigualdades que me dejaban nudos y más nudos en el estómago.

Tardé bastante tiempo en racionalizar por qué me sentía tan mal que me dieran menos dinero y menos tiempo. Después de todo ¿de qué podía quejarme? Estaban cuidando de mi reputación. Y era mi madre y mi novio y sus padres y todo el mundo que veía aquello normal. Y era yo.

Dejé de ver a ese chico, salí con otros, me marché al extranjero, estudié y trabajé, me enamoré varias veces, me casé, visité muchos países, me casé, tuve hijos, escribí historias… y, a veces, los nudos todavía escuecen.

 

About cristinajurado

Soy escritora de ciencia ficción, bloguera y editora de la revista SuperSonic. Vivo en Dubai y me gusta comer limones.