Cuidémonos entre nosotras, porque la lucha será fea y será mucha

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“Mujeres peleando contra demonios” por Caitlin Connolly

Cada semana, las mujeres que participan en mis talleres comparten con facilidad sus experiencias en el mundo social, político o comunitario. No obstante, es difícil para ellas hablar sobre sí mismas. Varias enfrentan situaciones complejas: Un divorcio o una larga cesantía, la enfermedad de un pariente del cual son cuidadoras, un hijo con discapacidad.  Les da vergüenza hablar de cómo se sienten al respecto y esto no debería ser asi. No sólo tenemos el derecho a hablar abiertamente de lo que nos aqueja en nuestra vida privada, sino que tenemos el deber de hacerlo: la idea de que lo personal es político tiene que ser un círculo perfecto.

Como dice Bisi-Adeleye Fayemi:

La atención de las necesidades físicas, emocionales y espirituales de las mujeres se ha vuelto uno de los puntos débiles en nuestro trabajo como feministas. En sus propias esferas sociales e institucionales en las cuales operan, los efectos combinados de las fuertes reacciones contra los movimientos de mujeres, el acoso en las redes sociales, los fundamentalismos culturales y religiosos, las presiones por el liderazgo y el desafío de encontrar un balance entre las múltiples esferas de la vida hacen difícil conservar la energía.

Si bien los activismos significan resistencia al sistema, en sus dinámicas también se reproducen dispositivos patriarcales de control de la emocionalidad de las mujeres que nos impactan negativamente: la expectativa del renunciamiento y el mandamiento religioso del sacrificio silente como virtud femenina suprema.

La tristeza, la enfermedad o el malestar emocional son cuestiones políticas y una forma de controlarnos con ellas es el silencio impuesto o aprendido.

El dispositivo del renunciamiento se habilita en los activismos a través, por ejemplo, de la compulsión a la negociación. Karina, una de las participantes de mis talleres, encargada de la Secretaría de Asuntos de Género de su Sindicato, nos contó un día la violencia que significó para ella sentirse presionada a aceptar ciertos términos porque “las mujeres son tan generosas y conciliadoras”. Ella lloró de impotencia cuando llegó a su casa.

El mandato del sacrificio virtuoso opera, por ejemplo, cuando nos descuidamos y nos quedamos calladas en nuestros momentos de debilidad.

Muchas veces nuestras compañeras están cansadas, deprimidas, enojadas, desgastadas por problemas familiares, de pareja, traiciones de gente en la que confiaban, dificultades de comunicación, crisis laborales o porque sí, porque hay días malos en que no dan ganas ni de levantarse, ni de bañarse.

Pero no lo hablamos o lo dejamos para después, mientras nos concentramos en ayudar a otrxs a encontrar su equilibrio. O, en nombre del feminismo y del “Movimiento”, censuramos a las compañeras que desean expresarse en este sentido porque “hay cosas más importantes” o “la lucha es sobre cosas políticas” o “no es el espacio para escuchar mierda romántica”.

Si los espacios feministas no son espacios seguros para validar nuestras experiencias en sociedades misóginas y castradoras, ni para volcar todo el dolor de las múltiples opresiones patriarcales con la certeza de recibir una contención lúcida, anti-sistema, honesta y amorosa ¿Dónde está ese espacio? ¿Dónde podemos hablar sobre la violencia cotidiana que vivimos y construir colectivamente a partir de ello? ¿Existe este espacio para hablar?

Recuerdo mi experiencia en Ciudad del Cabo, con un grupo de mujeres de uno de los distritos más conflictivos. Se reunían cada lunes y los primeros 15 minutos era para compartir lo que les había sucedido durante la última semana. Suena pueril, pero para muchas de ellas era EL momento de la semana de liberarse de mucha furia contenida, del miedo de vivir en un entorno altamente violento.

Alguien dirá que el feminismo NO es autoayuda. Estoy de acuerdo. El Feminismo NO es un libro de Paulo Coelho ni un Manual sobre Como-Ser-Feliz-Para-Siempre. Es más que eso: Es un conjunto de estrategias para que las mujeres aprendamos a tener conciencia de nosotras mismas y a colaborar entre sí.

Una de estas estrategias es el cuidado y el auto-cuidado, como expresiones de amor político y de la comprensión de que el silencio ante los problemas, la enfermedad, el malestar emocional son una forma de opresión. Cuidarme yo y a otras es romper la socialización para la negligencia y el sacrificio virtuoso. En un sistema que nos educa en el desprecio y desvaloración de nuestras vidas y de los vínculos con otras mujeres, compartir el dolor es RESISTIR y cuidarnos mutuamente en las dificultades, es AUTODEFENSA

Somos personas indivisibles. No se puede dejar la mitad de la vida en casa mientras la otra mitad va a la marcha. Necesitamos crear estrategias de apoyo y reflexión para fortalecernos mutuamente y mientras más íntima sea esta fortaleza, mucho mejor. Porque la lucha siempre va a ser fea y será mucha. Pero será magnífica si dejamos que fluyan libremente la pena y la rabia.

Porque lo personal es político. Porque el dolor de hoy creará un mejor mañana.

About Vanessa Rivera de la Fuente

Comunicadora social y Feminista Interseccional en el cruce entre Política, Religión, Sexualidad y Género. Educadora comunitaria con iniciativas para la participación de las mujeres a nivel local en África y América Latina. Fundadora de mezquitademujeres.org una iniciativa social y educativa enfocada en los Estudios de la Mujer que, con una perspectiva desde el Sur Global, busca promover las voces, experiencias y discursos de las mujeres que están ausentes del mainstream.

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