Si soy la número seis… Cultura de la violación

cultura de la violación
‘Irene’s fear – Cold’, de la ilustradora española Beatriz Martín Vidal

No recuerdo la primera vez que escuché hablar sobre violación. Pero barajo los recuerdos de mi infancia y, al lado de un viaje a Chapultepec y un patito de goma, aparece esto: los libros vaqueros que el abuelo olvidaba en su baño, una escena en televisión que mi madre se apresuró a quitar, una película en casa de mis primos y un libro infantil en el que la protagonista era atacada cuando buscaba las llaves de su casa en el bolso. También me veo con el diccionario en las manos, la puerta cerrada, mientras leo las palabras que me estaban prohibidas: sexo, coito, violación, vagina, pene. Y recuerdo el cosquilleo entre los muslos cuando vi El rapto de las Sabinas en la enciclopedia familiar.

Son experiencias que están irremediablemente ligadas al morbo: porque las relaciones sexuales en los libros de biología no eran más interesantes que la polinización o los esquejes, y las otras escenas (las del sexo consensual) ocurrían detrás de las cortinas, a media luz, con la cámara enfocando las velas, las flores o cualquier otro objeto que en el imaginario colectivo significase “romántico”. Lo que pasaba detrás de las cortinas parecía estar en las páginas a todo color del libro vaquero: un hombre (porque todos eran hombres) sorprendía a una mujer en la regadera, el pajar, su casa, la cantina, la calle, la alberca… El hombre la nalgueaba, forcejeaban, le arrancaba la ropa, la “abrazaba” y dos cuadros después él se abrochaba el cinturón. Eso, a los siete años, no parecía tan terrible. Además, había un gesto en el rostro de esas mujeres que apuntaba necesariamente al placer: las mejillas sonrojadas, la boca abierta, los ojos entrecerrados. Aun si lloraban o gritaban o se defendían, la voluptuosidad las volvía hermosas. Incluso, algunas terminaban enamoradas y huían a caballo con el “seductor”.

Fue más tarde, en cuarto grado —con la incomodidad de la profesora al hablar del coito (todo muy heterosexual) y con la repartición de folletos que hablaban sobre acoso y violencia—, cuando la escena detrás de las cortinas adquirió otro matiz: durante el receso, entre cuchicheos y risas, uno de los compañeros nos reveló dos cosas: 1. que el coito no consistía en “colocar” el pene dentro de la vagina, sino en meterlo y sacarlo, repetidas veces, como una embestida; y 2. que las violaciones podían involucrar dedos, manos, botellas, palos, pistolas, navajas y cualquier otro objeto que cupiera (o no) dentro de una mujer.

Hace unas semanas, las redes difundieron el caso de Lucía Pérez: argentina, 16 años, drogada, violada y empalada por dos hombres; murió por un reflejo vagal: un paro cardíaco ocasionado por el dolor que sintió durante el ataque.

El caso de Lucía tuvo voz: en las noticias, en las redes, en las marchas que se organizaron, en el paro de mujeres al que se convocó. Pero hay otros feminicidios que ocurren en silencio todos los días. En el Estado de México, por las mismas fechas, una mujer (sin nombre, como muchas, como todas) fue encontrada dentro de su vivienda, muerta, semidesnuda, golpeada, con una puñalada en el estómago y un palo dentro de la vagina; el agresor intentó ocultar el delito y le prendió fuego a la casa.

No me imagino a Lucía con las mejillas sonrojadas mientras la empalaban. No me imagino a la otra mujer con los ojos entrecerrados mientras le metían un palo en la vagina, repetidas veces, y la apuñalaban. ¿Los hombres que las violaron se abrocharon el cinturón tranquilamente antes o después de lavarles el cuerpo para borrar sus huellas, antes o después de prenderles fuego?

¿Cómo mueren las mujeres en México? [Estoy leyendo este texto en voz alta en una librería.] Este texto debería durar cinco minutos… una mujer es violada en México cada cinco minutos. Hay seis mujeres en esta sala… seis mujeres son asesinadas al día. No sé cómo (sobre)viven las mujeres aquí presentes. No sé si mi angustia es la suya. Si mi rabia y mi miedo también les pasa por el cuerpo. Yo intento fingir que las estadísticas, que la realidad, no me hieren, pero aun así:

Todos los días, antes de salir de casa, me despido del perro. El perro no lo sabe, pero los dos tazones de agua son por si no regreso. En la puerta, saludo al vecino. Le pregunto la hora para que sepa que me vio por última vez después del mediodía. También saludo al del café, a la florista, al relojero… Sigo el manual de supervivencia que me enseñaron desde niña: calles concurridas, horarios luminosos, taxi de sitio, nunca el camión vacío. Cargo las llaves entre los dedos y me repito que ante un ataque es preferible gritar “¡Fuego!” para conseguir ayuda. Pero sé que nada de eso puede salvarme. Y la Muerte, que es mujer, también lo sabe.

Así que me aseguro de llevar bragas limpias y un sostén decente, por si algún día me toca ser la número seis y mi cuerpo, semidesnudo, golpeado, con un palo en la vagina, aparece en los periódicos.

About Haydeé Salmones

CDMX, 1989. Estudió literatura pero se pasó al lado oscuro de la edición y actualmente es rescatista de autoras decimonónicas. Fue becaria de narrativa en la FLM, aunque prefiere la natación. Editora en piedrabezoar.com y decimononicas.com

2 thoughts on “Si soy la número seis… Cultura de la violación

  1. El mundo es un asco, lo es para los hombres y mucho más para las mujeres. A veces trato de entender a las personas que dicen que el feminismo, o por lo menos la propaganda de conciencia del sufrimiento femenino no es necesario en países occidentales, pero con este tipo de artículos y situaciones de la vida cotidiana sólo puedo ver que viven en una burbuja muy cómoda (hombres) o en una mentira vil (mujeres).

  2. Fui víctima de un abuso a los 8 años(segun recuerdo), todo es confuso cuando se es niño,mi agresor murió a manos de su hijo (mi primo) La tragedia siguió a esa familia. Hoy día conocí a muchos patanes que me trataron mal ( inconscientemente asi los elegí) vaya lió . Y todo por haber sido víctima de un abuso a los 8 años que ni pedí.

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