Mi historia

Fotografía: Valie Export

Todo empezó cuando nos llamaron para una reunión. La verdad es que no recuerdo ni el contenido de la misma. Solo sé que yo me quedé de pie con la pared a mis espaldas. Entonces noté su mano en mi culo. Me quedé congelada y no supe reaccionar. No me giré, no me moví para huir de ese gesto, no le dije nada… tan solo me quedé ahí parada sin saber qué hacer. No fue un segundo, dejó su mano en mi trasero un buen rato. Imagino que como estábamos contra la pared, nadie lo vio. Y si alguien lo hizo, nadie dijo nada.

A partir de ese día, empezó mi calvario. Yo solo iba allí los fines de semana, pero para mí era una tortura constante. Me buscaba. Se acercaba a mí cuando estaba sola, nunca delante de más gente, claro. Me decía todo el rato cosas que me incomodaban. Yo al principio le contestaba como si todo aquello fueran bromas, un juego macabro. Poco a poco las bromas fueron perdiendo su gracia. Me cogía por la cintura, me acariciaba, me tocaba… cada vez iba a más.

Yo dudé. No sabía si decírselo a alguien o no. Después de todo, yo era tan solo una becaria que llevaba poco tiempo allí y no tenía suficiente confianza con nadie. También pensé que seguramente no sería la primera a la que le hacía aquello y que probablemente alguien sabría de su comportamiento. Pero no tenía ni idea de cuáles de aquellas personas me ayudarían si decía algo. Él tenía una buena posición en la empresa, al menos por aquel entonces. Así que al final no dije nada. Me dediqué a huir por los pasillos e intentaba no quedarme nunca a solas.

Aguanté durante meses y poco a poco iba viendo el final del túnel. Se acababan mis prácticas en la empresa y me iba a librar pronto de todo eso. Nunca vi venir lo que pasaría, nunca pensé que llegaría tan lejos. Pero un día, cuando ya terminaba mi jornada y quedaba poca gente por allí, fui al baño antes de irme a casa. Él me siguió, entró conmigo y me violó. Lo repito, porque hay veces que todavía me cuesta usar la palabra: me violó. Lloré todo el rato. Al principio forcejeé, después simplemente lloré mientras le decía que, por favor, parara. No paró. Yo tenía 19 años. Era virgen.

Mi padre, como siempre, me estaba esperando fuera en el coche. Esperé un rato a que mis lágrimas no se notaran. No sé de dónde saqué las fuerzas, pero salí de allí, me metí en el coche y nos fuimos a casa. Nunca se lo dije a nadie. Antes estas cosas se contaban menos que ahora y nunca encontré la manera de decírselo a mis padres ni a ninguna de mis amigas. Me sentía avergonzada. Lloraba todas las noches cuando nadie podía verme. Me echaba la culpa por no haberlo parado a tiempo. Al fin y al cabo, fue una cosa gradual, debería haberlo visto venir. Tendría que haberle parado los pies el día que me metió mano por primera vez en aquella reunión. Fui débil y lo hice mal. Me torturaba a mí misma.

Ahora sé que no fue así. Yo no hice nada mal. Él, un tipo mucho más mayor que yo y con más poder, se aprovechó de una chica joven y tímida… y abusó de mí. Los dos fines de semana que quedaban hasta que yo terminé las prácticas, pasó a ignorarme. Yo incluso me sentía afortunada de eso. Ahora estoy convencida de que él ni me recuerda, de que si un día se cruzara conmigo por la calle, ni me reconocería. Para él, seguramente soy una simple nota a pie de página, una tía a la que se folló una vez. En cambio, yo quedé marcada de por vida. Ese imbécil me jodió la vida para siempre.

Tardé años en tener relaciones sexuales con alguien y, al principio, lo hacía porque tocaba. Se suponía que tenía que hacerlo, ¿no? Pero no lo disfrutaba, para mí eran un mero trámite. Por suerte, me he encontrado en la vida con algunos hombres que han valido la pena, y con el tiempo fui aprendiendo que el sexo es algo que me podía llegar a gustar. El día que me sorprendí a mí misma deseando tener relaciones con alguien, ese día pensé que mi mente se había curado. En realidad, sé que no es así, sé que nunca me curaré del todo. Por mucho que ya disfrute del sexo, por mucho que hayan pasado 18 años de aquello, siempre habrá un momento del día en que me venga ese cuarto de baño a la cabeza. Siempre habrá algún comentario de alguien, alguna noticia en televisión, algún comportamiento de un hombre o una escena de alguna película que me lleve de nuevo a aquel momento. Y siempre me entrarán ganas de llorar o una rabia infinita, y siempre habrá una parte de mí que piense por un segundo “¿por qué no lo paré a tiempo?”.

Con 30 años lo conté por primera vez a alguien. Era mi pareja de entonces y lloramos juntos un buen rato. Él me hizo ver lo fuerte y valiente que soy. Nunca le estaré lo suficientemente agradecida por lo que hizo por mí, por todo su amor y su apoyo. Desde entonces, estoy todavía más convencida que nunca de que puedo con todo, aunque a veces cueste. Es curioso, porque cuando llevas años guardando con llave una cosa y lo cuentas por primera vez, de repente es como si unas compuertas se abrieran y te ves capaz de contarlo a más personas. Yo tardé, pero ahora ya lo saben cinco. En cierto modo, es liberador, pero la verdad es que sigo sin podérselo a contar a las personas que ya formaban parte de mi vida cuando todo pasó. Mis amigas de siempre, mis padres… a mis padres les destrozaría la vida si les cuento mi historia. Así que sé que a ellos nunca se lo contaré y siempre habrá esa parte de mí que será desconocida para las dos personas que más me quieren en este mundo. Pero soy incapaz. No quiero que piensen que no supieron protegerme, no quiero que su vida quede marcada como quedó la mía.

Pero os quería contar a vosotras mi historia, porque mi historia es importante, como lo es la de todas aquellas mujeres que han pasado por algo similar. Y quería compartirla por si puede ayudar a alguien que esté pasando por lo mismo. Quiero decirle a esa persona que no está sola y que tirará adelante, aunque ahora le parezca imposible. Nuestra vida, por desgracia, nunca será la misma, pero el tiempo pasa y, aunque quedan las cicatrices, las heridas se cierran. Muy despacio, quizá demasiado, y con la sensación de que hay momentos en los que se vuelven a abrir, pero se van cerrando. Y hemos de seguir, con nuestra lucha interna diaria, pero con la cabeza bien alta. Y a los que nunca han experimentado algo así, no os quiero dar pena, al contrario, creo que merezco vuestra admiración. Yo ahora me miro a mí misma y me siento muy orgullosa de la persona que soy y del camino que he recorrido. Soy fuerte y valiente. Como me dijo una vez alguien, soy una superviviente. Somos unas supervivientes.

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