Tratado de paz

 

 

Ilustración de @dogsfromhell
Ilustración de @dogsfromhell

Hace unos meses me compré mi primera copa menstrual. No ha sido hasta esta última menstruación que no me he decidido a usarla de seguido o casi seguido.

La regla para mí nunca ha sido fácil. Desde que me bajo con 12 años he sufrido cada mes como si me estuvieran apuñalando el vientre. “Ya es una mujercita”, en buena hora.

He perdido muchas clases, aún recuerdo como mi madre tenía que venir a buscarme a última hora del instituto porque no me tenía en pie, porque el dolor y los sudores eran tan intensos que no podía estar en clase. Me tenía que llevar por la calle cogida de la mano o la cintura porque me caía.

Aún me acuerdo de lo mal que sabía el “Saetil”, el primer ibuprofeno que tomé, algo así como a menta (o lo que entiendan por menta). Asqueroso.

Los días enteros con una manta eléctrica en la barriga, con calambres el ano y la vagina, con alaridos de dolor incontrolables. Ni aun con la píldora me he librado de algún día recordable por malo. Sin ir más lejos una regla que me impidió realizar mi trabajo en prácticas un día y me costó la nota y el puesto.

Con estos datos es fácil imaginar por qué le tengo asco a la menstruación. Para mí solo ha significado dolor físico y emocional, algo ajeno que me hacía daño. La última regla me dio como de costumbre: cambios hormonales que me costaron discusiones y un día entero llorando. Sin embargo, esta vez, usé la copa. ¿Qué podía cambiar?

Que cuando me quité la copa vi mi regla. Por primera vez la sentí mía, la vi tal cual es. Y no es tanto, no tanto como pensaba. Por primera vez me he sentido 100% conectada conmigo misma. Nunca había llegado tan adentro, nunca había visto aquello que me hacía sentir tan mal. Fue como enfrentarme a mi enemigo cara a cara, le puse fin a esta guerra.

Y me sentí bien. Dejé de llorar y pude dormir tranquila.

 

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About Victoria Toledano

Formándome en feminismo y fotografía. Enamorada de la naturaleza y la justicia.

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