A tu padre lo que le da miedo es que te hagan lo que hacía él…

miedo como herramienta de prevención
‘Tu mirada’, de la fotógrafa española Leila Amat

Recuerdo perfectamente mi adolescencia. Lo que ya de por sí es un drama porque es como revivir continuamente tu peor época.

Recuerdo todos los consejos y advertencias que provocaban miedo; miedo a salir a la calle, miedo a conocer chicos, miedo a volver sola, miedo a no sacar buenas notas porque sino luego no serás nadie (luego ves cómo te pedían a gritos que te labrases una oportunidad en este mundo, que no dependieses de un marido, que pudieses elegir marido porque éste no supone el billete para fugarte de la casa paterna), miedo a que mi novio fuese malo, miedo a la violación.

Me educaron en la culpa y el miedo

Pero claro, yo tenía miedo a vivir porque es que según esa lógica el peligro rondaba en cualquier rincón. Es decir, me educaron en la culpa, en el estigma, en que había sido tonta porque me había pasado algo, porque parecía que estaba todo atado y bien atado para prevenir cualquier cosa. El mayor miedo era realmente que esto me pasase y se enterasen mi madre y mi padre. Me educaron, como a tantas otras, en el miedo como herramienta de prevención de lo que podrían hacer otros.

Los otros son los que no tienen miedo en el cuerpo, los que sienten el poder al ver tu miedo, el peligro que acechan en cualquier esquina. Pero esto nadie se lo señala, esto se normaliza y ya mañana decimos con tranquilidad “son cosas que pasan“, pero es que no pasan si no que las hacen. Las hacen porque pueden, porque nadie les dice que eso está mal y sin embargo, a su vez, reciben mil mensajes que les dicen que eso es ser hombre, que hacen lo que les corresponde, les validan.

Porque no nos hablan de machismo, de lo que supone una educación basada en los géneros, de una educación jerarquizada. De que tenemos la posibilidad de una nueva sociedad si gestamos un discurso igualitario.

Y claro, luego tu madre, que también se acuerda de su adolescencia y que ella también entró en el mundo adulto dándose cuenta de lo que había que aguantar no quiere que te pase a ti.

 

La impunidad de tu padre

Y tu padre, el que goza del privilegio de ser el proveedor del dinero -pero no de cuidados-, de tener un horario laboral, de tener una casa o un bar o cualquier otro lugar al que volver después de su trabajo, porque su jornada laboral tiene fin. Además también tiene un jefe al que odiar sin remordimientos, porque su jefe no es una persona que le prometió en una iglesia que le querría para siempre.

Tiene miedo de que te hagan lo que él hacía (coger culos, decir cosas a las mujeres. Todas putas, todas estrechas si yo no les gusto, mobbing a la que pidió iguales derechos en el curro. Opinar de su cuerpo, su ropa, de ella. Hablar por ella para que nunca hable. Coger de las muñecas a la que se quería ir.  Zarandear a la que te respondió. Pegar un portazo en casa si querían hablar contigo. O levantar la mano. Levantar la voz. O decir que sus palabras son mentira ante tus iguales porque sabes que te darán la razón sin cuestionar nada).

Él también recuerda como se trataba a las mujeres de su entorno. Como quien pudo hacer algo y no lo hizo.

Y sobre todo, recuerda la impunidad de un hombre ante lo que le hace a cualquier mujer.

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Su hembrismo y cada día el de más gente.

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