La genialidad del consolador desde su invención

En el año 1909 la empresa estadounidense Arnold saca al mercado un vibrador eléctrico

 

Si existe algo a lo que creo que debemos idolatrar las mujeres (aparte de a nosotras mismas) son los consoladores. ¡Bendito invento! Que genialidades y maravillas pasamos con ellos. Nosotras mismas nos bastamos y disfrutamos mucho, pero oye, la verdad es que con los consoladores tenemos buenos goces.

 

El origen (histérico) del consolador

Un día se me ocurrió pensar cómo había surgido tal invento… Por supuesto lo primero que pensé fue, que era relativamente reciente y que habría sido alguna mujer en busca de un mayor disfrute o en plena exploración sexual. Sola o acompañada, pero al fin y al cabo esperaba que fuese una mujer que ya conocía de su sexualidad, disfrutaba de ella y buscaba (re)descubrir más.

Para poner nombre y cara a esta fantástica mujer que yo había inventado en mi cabeza, recurrí a nuestro querida compañera de sabiduría; Internet. Y he aquí mi sorpresa: el consolador se inventó como dispositivo médico para curar la histeria. Si, tal y como leéis. Dispositivo médico para curar la enfermedad que tenía la mitad de las mujeres de los setenta. Y que si siguiese reconociéndose como enfermedad, tendríamos todas las mujeres porque todas somos unas inconformistas sin pies ni cabeza y estamos tó’ locas.

 

La histeria de las mujeres es un invento del patriarcado

Como todo invento del patriarcado, la pantomima de la histeria tiene un origen muy arcaico. Se remonta a la antigüedad clásica, y ya fue descrita por Platón e Hipócrates (ya sabemos lo que nos querían a las mujeres estos dos filósofos). El mito que ya se contaba por aquellos entonces era que el útero deambulaba por nuestros cuerpos como si de un pequeño insecto se tratase causando enfermedades en nosotras mismas cuando llega al pecho. Y esto es lo que se creía que era la histeria. Y que la flor de todo mal era – como no – nuestro útero (os suena de algo esto, ¿no?).

En la medicina medieval pasó a conocerse como “sofocación de la matriz”. La locura de las mujeres era causa de la abstinencia sexual. Pero no porque es una locura no disfrutar nunca de relaciones sexuales, sino por una causa física, que es la retención de fluidos sexuales de la mujer. Aquí comenzaron los remedios “médicos”: mantener relaciones sexuales si estabas casada, el matrimonio para poder mantener relaciones sexuales si no estabas casada, y como último recurso, un masaje médico.

Cabe decir que por estos entonces no cabía en la cabeza de ninguna persona “sana” que las mujeres disfrutásemos de las relaciones sexuales. Por ello que el masaje no se entendía como un disfrute sexual, sino un masaje en la zona genital para que esta llegara a la calma y aliviara su histeria.

 

La histeria como plaga entre las mujeres

Y así llegamos al Siglo XIX, donde la histeria se convierte en una especie de plaga entre las mujeres. Cualquier comportamiento extraño – ansiedad, irritabilidad, fantasías sexuales, ganas de salir de casa sin su marido – es considerado como un claro síntoma de histeria. Las pacientes eran enviadas rápidamente a la consulta de cualquier médico para recibir los masajes vaginales. No fuesen a peor los síntomas.

Los médicos seguían combatiendo la histeria femenina acariciando manualmente nuestros clítoris y vulvas hasta que llegáramos a alcanzar lo que entonces se conocía como “paroxismo histérico” – un orgasmo para que nos entendamos -.

 

Un vibrador eléctrico para agilizar la labor médica

Ni qué decir a estas alturas de la mercantilización de nuestro cuerpo y de la pasta que ganaron los doctores con estas invenciones.  No había ningún riesgo de muerte en las mujeres, pero cada vez los tratamientos se hacían más constantes.  Y cada vez eran más y más las mujeres diagnosticadas con histeria. Pero los médicos se solían quejar que la técnica era difícil y que podían tardar horas para llegar al paroxismo histérico. Así que comenzaron a plantearse otro tipo de soluciones a los masajes.

El primero que tuvo la idea de crear este invento fue un médico británico llamado Joseph  Mortimer Granville. En 1870 patentó el primer vibrador electro-mecánico con forma fálica. Aunque de un tamaño considerable, fue todo un éxito, ya que lograba que las mujeres llegasen al paroxismo histérico en menos de diez minutos. Visto el potencial, una avispada empresa, llamada “Hamilton Beach”, comenzó a producir en 1902 vibradores de tamaño más pequeño.

Varios modelos comienzan a comercializarse a través de todo tipo de publicaciones. Incluso periódicos de tirada nacional con frases como: “La vibración es la vida”, “Porque tú, mujer, tienes derecho a no estar enferma”, “El secreto de la juventud se ha descubierto en la vibración”. Y con la publicidad, la variedad de vibradores cada vez era mayor. Los aparatos tenían velocidades que van desde 1.000 a 7.000 pulsaciones por minuto. Los precios pronto empiezan a ser asequibles para su uso doméstico teniendo un gran auge de ventas hasta los años 20. Pero aún aquí se tenía la concepción de que su utilización era una práctica exclusivamente médica y que no había goce sexual alguno.

 

El vibrador salta a la gran pantalla

Pero a partir de 1920, los vibradores aparecen en las primeras películas, y empiezan a perder su imagen de instrumento médico. Esto, unido a que a principios de los 50 la “Asociación americana de psiquiatría”  declaró que la Histeria no era una enfermedad, hizo que el vibrador fuera visto como un juguete sexual y considerado instrumento de perversión. Poco a poco comienza a ser un tabú, connotación que todavía no se ha perdido.

Sorprendente, ¿verdad? A mí por lo menos si lo hizo. No tanto ver como el machismo que se reproduce sobre nuestros cuerpos se mantiene en la historia – nuestros úteros son malos, las mujeres tenemos limitada nuestra sexualidad, lo importante entre el sexo y la mujer es la reproducción, la mercantilización de nuestro cuerpo, o el tan sonado “estamos histéricas/locas/exageradas/feminazis” -. Pero parece que, después de todo, algo tendremos que agradecer al patriarcado. Y es que centenares de mujeres disfrutasen de su sexualidad en base a la histeria y a la búsqueda del paroxismo histérico. Y a los médicos, que muy a pesar de muchos, nos inventaron el consolador.

P.D.: Todo esto viene contado por una magnífica película, Histeria, una pasable comedia romántica dirigida por Tanya Wexler. Encarna una amable reivindicación sobre el papel de las mujeres tanto en la sociedad como en las camas y sobre su sexualidad. Os la recomiendo. Mientras veis a una gran mujer luchar por una igualdad sexual, política, laboral y social, os echáis unas risas con el aspecto frívolo del tratamiento de la histeria con las escenas de masturbaciones.

 

About Beatriz Asuar Gallego

Extremeña residente en Madrid estudiando Políticas y Periodismo. Nunca rechazo unas cañas, unas croquetas y un buen aquelarre. Feminismo y justicia social a todas partes.

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