Si las miradas mataran

Me enseñaron desde muy pequeña que mirar fijamente a la gente era de mala educación. Que hacía sentir observado, y eso era incómodo. Tras unos años de análisis, creo haber entendido a la perfección a lo que se referían. Ahora soy yo la observada, y estoy hasta el coño.

Me canso. Estoy cansada de tener que ser feminista. De salir cada día a la calle y, en los diez minutos que dura el trayecto hasta el trabajo, haberme peleado con una media de 4-5 hombres. ‘Pues es tan fácil como no decirles nada’ me han dicho más de una vez. ‘¿Sabes lo que pasa? Que me genera más malestar el callarme que el preguntarles que qué mierdas miran’. Si me callo, se me retuerce el estómago todo el puto día. Y estoy harta. Harta de ver cómo me repasan de arriba abajo, hasta encontrarse con mi mirada cabreada que echa fuego encima, que la interpreten como cómplice. Por eso no me callo. Porque cómoda estoy en pelotas, pero me tengo que vestir porque esta sociedad no admite que vayamos en cueros por la calle. Lo que me incomoda no es ir vestida de una cierta manera, sin sujetador y con los pezones marcados, la falda corta, el tanga fuera o los shorts de cachete; lo que me incomodan son vuestras miradas.

‘Pero… son sólo miradas, ¿no? ¿Es que nunca te has cruzado la mirada con un desconocido en la calle?’ ‘¿Acaso tú no miras?’ ‘Hay miradas y miradas’, respondo. Forma parte de nuestra naturaleza el mirar. Cuando aparece un estímulo nuevo en tu campo visual, diriges tus ojos hacia esa dirección. Es perfectamente entendible que cuando algo te parece además, atractivo, poses tu mirada en ese objeto durante un rato más largo. Como cuando comes algo que te gusta y te produce placer y quieres más. Somos todas personas y creo que hasta aquí, se entiende.

Pero ahí está la cosa. Somos todxs personas. Tanto el que mira como el que es mirado.  Y yo no hablo de esas miradas inofensivas. Hablo de los padres de mis compañerxs de clase que me miraban las tetas en tercero de la ESO. De cuando subí al bus el otro día y ese hombre que podría ser mi padre no me quitó ojo de encima, incluso después de cambiarme de sitio para no entrar en su campo visual, y él hizo lo mismo para sentarse delante hasta que le pregunté si tenía putos monos en la cara. De cuando de noche volviendo a casa te cruzas con un hombre y depende de cómo te mire, aceleras el paso y te volteas por si acaso te estuviera siguiendo. Porque a veces esas miradas son presagio de algo mucho peor. Hablo de Lis, y la repugnancia que emanaba al contarme cómo se sintió al llevar a su grupo de 15 niñas al Raval eran agentes policiales los que se las comían con los ojos. Me refiero a cuando te tienes que armar de valor antes de pasar por delante de unas obras aunque sean las 11 de la mañana en pleno centro de Barcelona. Hablo de que cuando tengo una reunión me pongo camisa, atada hasta arriba, y ancha, porque sé que no se me escuchará del mismo modo si no lo hago, aunque estemos a 40 grados. Hablo de Victoria, que hubiera salido sin sujetador pero le daba demasiada cosa que la miraran. Hablo de que los únicos que no sabrán a lo que me refiero son hombres, cis, y hetero. De mi sobrina Marta, que a sus 11 años se bajaba la falda porque los cuñaos del bar de enfrente la miraban. Hablo del ‘si no quieres que te miren, vístete menos provocativa’… Hablo de cuando te privas de ser tú, de ser libre, de hacer lo que querrías hacer, de estar cómoda, porque te van a mirar. Y me retumba en la cabeza lo de ‘si las miradas mataran’… . Hombres del mundo: mirar no es delito. El problema aparece cuando por tu placer produces malestar a otra persona. Por regalarte la vista, me amargas la mañana. Cuando me siento desnuda, y tengo miedo, y tú sigues mirándome con placer, y te da igual cómo yo me sienta porque ni te lo planteas. Porque no soy una persona para ti. Soy un objeto puesto en tu camino para tu uso y disfrute. Cuando de repente esa regla de que ‘mirar fijamente a los demás es de mala educación’ deja de aplicarse cuando el que mira es un hombre y las demás, todo aquel que no goza de ese privilegio.

No nos callemos. Hablemos. Haya quien haya. No tienen derecho a incomodarnos. Y si lo hacen, incomodémosles también.  Todo aquello contra lo que no luchamos, lo estamos perpetuando. Quejémonos. Demostremos que no nos gusta. Que su placer no es nuestra finalidad en la  vida. Que no somos Eva, que somos personas, y se trata de hacer del mundo un lugar más habitable para todos. Y por el momento, sólo es muy habitable para unos pocos en detrimento del bienestar de la mayoría. Y oye, que es hasta placentero ver cómo les cambia la cara cuando les aguantas la mirada y creen que te gustan, y de repente les sueltas un moco. Probadlo. Quizá con un poco de suerte se planteen por qué les has hablado así, si ellos no estaban haciendo nada malo. Si una mirada es inofensiva. Porque no es solamente una mirada, hombres del mundo. Es el reflejo más evidente de que seguís creyendo que somos un objeto a vuestra disposición cuando queréis sentir placer. Es la muestra más leve de vuestro privilegio. Y vuestro privilegio nos come el coño.

About Nuria Gil Ruiz

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