No somos una máquina para hacer bebés

Nunca he sido partidaria de que las mujeres por naturaleza debamos ser madres.
O de que el tener un órgano reproductor que se expanda y organiza perfectamente al momento de la salida del nuevo ser debamos engendrar dos, tres, cuatro y hasta cinco criaturas.
Sin embargo, no puedo negar que desde muy pequeña sentí el instinto de ser madre. Pedía muñecos pequeños con cochecitos y biberones.
A los cuales paseaba todos los días a diestra y siniestra.
Casaba y embarazaba a mis barbies y me gustaba mucho encargarle la ropita de mis primos a mis tías para ponérsela luego a mis hijos adoptivos.
Darme cuenta que ser mamá no era solo besar y vestir a los niños (que por cierto nunca crecían ni lloraban) no tardó mucho.

Y cuando empecé a crecer pude definir claramente que no quería ser madre. No solo porque el trabajo conlleve una enorme responsabilidad.
Sino más bien porque hablando de seres responsables. Quiero aportar un grano de arena a la sociedad caótica y de cabeza en la que estamos.
Luchando y sobreviviendo las personas que por años hemos sido egoístamente tachades de débiles.

Antes de graduarme en el colegio, pude conocer de cerca el furor de la maternidad.
Muchas de mis compañeras quedaron en embarazo de sus novios de niñez.
Inexpertas y con mucho temor tuvieron que llevar con pasitos de gigante el gran lío que se les venía encima.
Sin charlas, sin métodos de planificación y con la responsabilidad de ser madres y padres a cuestas.
Pues por ahí se murmuraba a diario por los pasillos del colegio que ya se les había acabado la relación.
Que posiblemente tenían que empezar a trabajar abandonando cualquier anhelo de estudiar.

Más adelante cuando tuve la fortuna de entrar a la universidad conocí una realidad distinta.
Esa de la que probablemente todas quisiéramos gozar.
Conocí la fiesta, pude ser exitosa sin estar metida en una cocina ni limpiando las boquitas chorreadas de mis hijos.
Conocí diversas personas que también veían a las mujeres como algo más que una máquina reproductora.

Y algo más asombroso.

Pude ser testigo de amigas que se practicaron el pomeroy (una clase de ligadura de trompas).
Sin antes haber sido madres y aunque parezca mentira, todo eso me abrumó y poco a poco me fue enseñando la realidad de traer hijos al mundo.
Aunque en muchas ocasiones, cada vez que cuento la misma historia, me tachen de “feminista”.
De no pensar en  la sociedad y el “futuro de la raza humana”.
Incluso atrevidamente mencionen que con el hombre que decida organizarme se vaya a cansar de mi por no querer tener hijos.
Estoy tan firme en mi decisión de no ser madre que hasta ya pienso en formar un hogar con un buen tipo.
Dos o tres gatos y un par de plantas, de las cuales ya he empezado a anotar en una agenda sus posibles nombres para no confundirlas y terminar con dolores de cabeza.

About Manuela Botero Montoya

Casi Comunicadora Social-Periodista, hecha en Colombia.

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